-¿Me deja salir?- Dice la chica que no me entiende. Me mira entonces y sonríe. Rara vez te sonríen cuando dejas pasar a alguien. Ni siquiera yo lo hago, tal vez ella sea un caso especial, tal vez ella sea una persona única y diferente. Nunca lo averiguaré, el autobús se para, abre las puertas y ella desaparece perdiéndose en la inmensidad de la ciudad.
Al llegar a casa no tengo mucho que hacer. Siempre me quito la ropa y tras buscar las zapatillas me tumbo en el sofá. Al principio solía escribir, mucho. Ya no. Ahora veo la televisión. A veces me da asco mirar hacia la pantalla, pero el cuerpo se acostumbra.
Por la mañana desayuno y vuelvo al trabajo, de nuevo me convierto en gilipollas y ayudo a buscar libros a aquellos pobres de espíritu que ni siquiera saben seguir el orden del abecedario. A, b, c, d, ¡coño, es bien sencillo!
Saludo a Mónica, trabaja en préstamos. Me gusta, podría decir que está como un queso pero realmente no es para tanto. Mi gusto se aliena, se vuelve conformista. Supongo que es culpa de la televisión, antes prefería escribir que ver los estúpidos programas de pornografía, o de videncia, o de pornovidencia, tampoco importa mucho, hoy día todo tiende a fusionarse. Hoy todo me parece pornografía barata. Supongo que ese mundo en blanco y negro lleno de estilo y glamour era una farsa de Hollywood. El caso es que cuando yo piso la calle sólo veo pornografía. La gente ya no habla, la gente goza, se comunica a través de orgasmos, y yo los miro mientras ellos creen que mueren de placer. Con sus peinados a la moda, con sus trajes de chaqueta naranjas, rosas y púrpuras los días de fiesta. Y a mi me da asco. Todo es porno u obsceno. Salvo ella. Ella es diferente. No tiene nombre, incluso la había olvidado.
Me despido de Mónica, le miro el escote discretamente, ella no tolera que sea imbécil, esa excusa no le sirve. Voy caminando lentamente hacia la parada, hace calor, vivir en el sur es detestable durante los meses de verano. Un coche descapotable avanza rápidamente hacia mí, tal vez me abra las puertas y una rubia despampanante me invite a subir. Tal vez me lleve lejos de aquí. Nada de eso ocurre, pero mientras el descapotable pasa por mi lado me deja escuchar unas notas de John Coltrane. Estupendo, no es una rubia pero durante una milésima de segundo fue Coltrane. Ahora llevo su melodía dentro de mí. Justo lo que necesito para el trayecto de vuelta a casa.
Subo al autobús y busco mi sitio. Está libre. Me siento y miro por la ventana. Durante las próximas tres paradas suben un sin fin de gilipollas más. Ninguno se sienta a mi lado, van ocupando las filas delanteras. Un tipo gordo y feo llega el último, mira mi asiento y finalmente acaba sentándose en el otro extremo. ¡Genial! El calor debe convertirme en un monstruo con el que nadie desea compartir asiento.
Entonces, en una de las paradas, concretamente en la Avenida Carlos II, una chica delgada y de rostro dulce entra en el autobús. Recorre el pasillo y ¡bingo! Se sienta a mi lado, John Coltrane en mi mente y la belleza a mi lado. ¿Se le puede pedir más a un mundo pornográfico?
La chica lleva un pantalón vaquero apretado, sus hombros al descubierto, sólo tapa su pecho una blusa que se enrosca alrededor de la espalda. Su larga melena negra va a juego con unas gafas de sol cuadradas que apenas me dejan investigar su mirada. Presiente que la miro, recojo los datos adecuados y juego con ellos en mi imaginación mientras continuo mirando a través de la ventana.
Entonces una vieja se acerca, llena de arrugas y con la decrepitud en los brazos. Y la belleza se esfuma.
-Siéntese aquí señora- Dice la chica levantándose lentamente de su asiento. Al cabo de dos segundos la vida se ha convertido en muerte. La belleza se ha transformado en fealdad y tristeza. Entonces me reconozco en la anciana y me entra una sensación de ahogo y desesperación. Porque entonces me acuerdo de la muerte, y yo no quiero morirme. Aquella joven era demasiado dulce y bondadosa, estaba bien, no era pornografía como las demás. Entonces recuerdo a la chica que no me entendía y que sonreía al salir del autobús, y pienso que en menos de dos semanas he conocido a dos chicas sensacionales, y por eso yo no quiero morir.
La vieja me mira y me sonríe. Le hago un gesto de complicidad, parece una persona entrañable. Dos paradas después, la chica de las gafas cuadradas se evapora entre el resto de transeúntes.
Llego a casa y me preparo algo de cenar. No tengo hambre. Esta noche me acuerdo mucho de la muerte. Es curioso como sin conocerla, la recuerdo más a ella que a mi madre, o a mi padre. Ellos si la conocieron, murieron no hace mucho.
Eran viejos, como la anciana del autobús. Tal vez por eso deteste tanto la vejez, tal vez por eso no me gusta que ningún abuelo se siente a mi lado. Porque son como un recuerdo doloroso pegado a ti.
martes, 7 de abril de 2009
lunes, 6 de abril de 2009
El gusto de la nada. Parte I

Este humo desolador ya no me soporta. Mis sentidos se acostumbran, mi olfato lo expulsa, apenas deja pasar un mísero brote de vapor. Este autobús de mierda me descompone el estómago, sobre todo los martes, no se que ocurre los martes pero me devasta, me corrompe, me desconcierta su interior, con sus pintadas en las cristaleras, con sus periódicos del día anterior reclinados sobre los asientos. En realidad es la gente quien compone el lienzo, quiero decir, son todos los viajeros, subiendo y bajando compulsivamente quienes hacen que la línea veintiocho con dirección a la alameda principal sea un paréntesis en esta existencia vital, tan llena de vida y a la vez tan llena de muerte. Porque el sol entra por el ventanal mientras el aire templado acaricia tu cara, lleno de muerte, pues porque…porque seguramente nunca han subido a un autobús un martes a mediodía. A esa hora todo son arrugas y dentaduras postizas, y lo mejor será que no levantes la cabeza, que sigas perdiéndote en los versos de tu libro, de tu libro de poeta alcohólico, de Faulkner o de Celine o de cualquier otro desgraciado, mejor que levantar la vista y observar la decrepitud en persona.
En cambio, me encanta viajar en autobús los viernes por la tarde, prefiero la línea 27 con destino a la plaza norte. Me he fijado que todas aquellas despampanantes mujeres acaban sentándose en el primer asiento, justo en aquel que descansa detrás del conductor. Si una mujer de piernas largas, culo prieto y busto redondo entra en un autocar, lo más probable es que acabe sentada en el asiento delantero, ese que encuentras a tu derecha cuando pagas el viaje. ¡Dios mío! Allí siempre está ella, no importa que sea rubia o morena, que lleve el pelo ondulado o tenga pecas dispersas por el pecho ¡Adoro las pecas! Sobre todo si son el pecho.
Un día, mientras volvía a casa una de esas chicas se sentó a mi lado. Era joven, tal vez no superaba los treinta, pelo castaño, casi pelirrojo, menudas piernas, menudo culo ¡menudo rostro! Hablaba por el móvil, la verdad es que nunca hago caso a conversaciones ajenas, pero con ella…con ella debía detenerme, debía suspirar y aventurarme a comprobar que seguramente aquella mujer también era gilipollas. No me gusta pensar así del mundo, quiero decir, no quiero creer que la mayoría de las personas que pueblan la ciudad sean imbéciles, tal vez yo también lo sea pero me cuesta reconocerlo. De hecho creo que soy estúpido, el más estúpido de todos. Me avergüenza reconocerlo, soy gilipollas si, tengo el diploma de subnormal profundo colgado sobre mi escritorio. Cada mañana cuando me levanto y poso los pies sobre el frío mármol allí está, esperándome, recordándome que tengo el premio al tipo más gilipollas de la ciudad. Al principio me molestaba, ya no. Tampoco está tan mal ser un completo idiota.
Por ejemplo, puedes subir al autobús y sentarte donde te de la gana, como eres gilipollas, los otros idiotas creerán que su deber es ceder el sitio a aquel que está por debajo de su nivel. También puedes girar los ojos hacia el escote de la pelirroja y hacer como que eres tonto, como si en realidad en vez de estar mirándole las tetas, estuvieses mirando un enorme cucurucho de chocolate, o para ser más exacto, dos globos de feria que como buen subnormal que eres deseas con todas tus ansias.
Yo soy así, no soy culpable de ello, de hecho, ni siquiera se como conseguí el puesto de funcionario en la biblioteca pública. No tengo ni la menor idea. Llego cada mañana y me siento en mi mesa, allí siempre tengo algunos formularios que rellenar, poca cosa. Luego me levanto y paseo entre las filas de libros arrumbados uno junto al otro. De vez en cuando algún lector perdido me busca para solicitar ayuda, tiene gracia, un subnormal ayudando a buscar un libro. El caso es que al final siempre encuentro lo que quieren, tal vez no sea tan tonto.
Mi turno acaba a las dos, a esa hora, seguramente a las dos y media para ser más exactos, pues siempre paso por el baño antes de salir, y saludo a las chicas de los préstamos, me dirijo hacia mi parada. Línea 28, otra vez… ¡pero no es mediodía! Son casi las tres y a esa hora el ambiente es recargado, demasiado recargado para mi gusto. A veces debo ir de pie, me canso, apenas rozo los cuarenta y ya me canso. Muchas veces el sudor me recorre la tela de la camisa y un escozor desagradable me conmueve el cuerpo. Entonces me gustaría gritar y dar puñetazos al aire, pero no puedo, porque en el fondo parezco un hombre serio y educado y porque en el fondo, debo seguir guardando la compostura.
Pero justamente da la casualidad que hoy el autobús va prácticamente vacío, tengo libertad para elegir donde sentarme. Hay gente que cambia tres veces de asiento antes de acomodarse definitivamente, yo no, yo si me siento ya no me mueve ni el dedo castigador de Dios. Y si un viejo se acerca, pongo cara de subnormal y espero hasta solicitar mi parada. El otro día me vi, habían puesto mi cara justamente al lado del pictograma de la mujer embarazada. El cartel era azul, y junto al de personas mayores y discapacitados físicos estaba yo, mi cara, mis ojos, debían cederme el sitio porque era el ganador al tipo más gilipollas de la ciudad.
El caso es que aquel día, justo el día en el que todos los asientos están vacíos, una chica rubia, muy guapa, se ha sentado en mi sitio habitual, si, ese que queda casi al final del autocar, son asientos de cuatro, dos mirando hacia el frente y dos mirando atrás, yo siempre me sentaba en el que daba al frente, junto a la ventana. Allí nunca me mareo, allí puedo leer tranquilo, y si la lectura me cansa miro por la ventana para disfrutar de mi original y nunca vista ciudad. Ando por el estrecho pasillo y entonces allí está ella, con sus elegantes piernas apoyadas contra el asiento del frente, a su lado, un asiento completamente libre, y al otro extremo, la misma situación, claro que en el otro extremo tengo la incomodidad de ir de espaldas al trayecto. Entonces la miro y por un momento me siento culpable de acomodarme a su lado, podría pensar que teniendo todo el autobús para mí, me siento a su lado porque soy un pervertido o porque simplemente quiero oler su esencia. ¡No me importa! ¿Es qué acaso por que sea guapa ya tiene todo el derecho del mundo? ¿Acaso no soy yo un ser humano igual que ella?
-Yo me siento a su lado señorita, simplemente porque usted me ha robado mi sitio, no porque sea un bombón y necesite de su presencia- Ella me mira con cara de no entender un carajo de lo que digo, tal vez sea extranjera, o tal vez también sea gilipollas, no sería raro. Entonces miro al frente, delante mía hay otra chica joven, sólo la veo de espaldas, concretamente le miro una constelación de lunares en sus hombros. Viaja sola, un viejo entra por la puerta, recorre el mismo pasillo que yo y mira a su derecha donde está la chica, a su izquierda tiene dos asientos vacíos, completamente vacíos ¿Adivino dónde se va a sentar? Me aventuro y acierto, justamente su culo va a parar al lado de la chica. Pero no es extraño, es un viejo y la chica es guapa, es fácil mirar mal, pero…la vejez es una crueldad irremediable. Da igual que hayas sido un cabronazo toda tu vida, si Hitler hubiese llegado a los noventa seguramente ahora parecería un tipo entrañable. Las arrugas engañan, el pelo blanco también.
En cambio, me encanta viajar en autobús los viernes por la tarde, prefiero la línea 27 con destino a la plaza norte. Me he fijado que todas aquellas despampanantes mujeres acaban sentándose en el primer asiento, justo en aquel que descansa detrás del conductor. Si una mujer de piernas largas, culo prieto y busto redondo entra en un autocar, lo más probable es que acabe sentada en el asiento delantero, ese que encuentras a tu derecha cuando pagas el viaje. ¡Dios mío! Allí siempre está ella, no importa que sea rubia o morena, que lleve el pelo ondulado o tenga pecas dispersas por el pecho ¡Adoro las pecas! Sobre todo si son el pecho.
Un día, mientras volvía a casa una de esas chicas se sentó a mi lado. Era joven, tal vez no superaba los treinta, pelo castaño, casi pelirrojo, menudas piernas, menudo culo ¡menudo rostro! Hablaba por el móvil, la verdad es que nunca hago caso a conversaciones ajenas, pero con ella…con ella debía detenerme, debía suspirar y aventurarme a comprobar que seguramente aquella mujer también era gilipollas. No me gusta pensar así del mundo, quiero decir, no quiero creer que la mayoría de las personas que pueblan la ciudad sean imbéciles, tal vez yo también lo sea pero me cuesta reconocerlo. De hecho creo que soy estúpido, el más estúpido de todos. Me avergüenza reconocerlo, soy gilipollas si, tengo el diploma de subnormal profundo colgado sobre mi escritorio. Cada mañana cuando me levanto y poso los pies sobre el frío mármol allí está, esperándome, recordándome que tengo el premio al tipo más gilipollas de la ciudad. Al principio me molestaba, ya no. Tampoco está tan mal ser un completo idiota.
Por ejemplo, puedes subir al autobús y sentarte donde te de la gana, como eres gilipollas, los otros idiotas creerán que su deber es ceder el sitio a aquel que está por debajo de su nivel. También puedes girar los ojos hacia el escote de la pelirroja y hacer como que eres tonto, como si en realidad en vez de estar mirándole las tetas, estuvieses mirando un enorme cucurucho de chocolate, o para ser más exacto, dos globos de feria que como buen subnormal que eres deseas con todas tus ansias.
Yo soy así, no soy culpable de ello, de hecho, ni siquiera se como conseguí el puesto de funcionario en la biblioteca pública. No tengo ni la menor idea. Llego cada mañana y me siento en mi mesa, allí siempre tengo algunos formularios que rellenar, poca cosa. Luego me levanto y paseo entre las filas de libros arrumbados uno junto al otro. De vez en cuando algún lector perdido me busca para solicitar ayuda, tiene gracia, un subnormal ayudando a buscar un libro. El caso es que al final siempre encuentro lo que quieren, tal vez no sea tan tonto.
Mi turno acaba a las dos, a esa hora, seguramente a las dos y media para ser más exactos, pues siempre paso por el baño antes de salir, y saludo a las chicas de los préstamos, me dirijo hacia mi parada. Línea 28, otra vez… ¡pero no es mediodía! Son casi las tres y a esa hora el ambiente es recargado, demasiado recargado para mi gusto. A veces debo ir de pie, me canso, apenas rozo los cuarenta y ya me canso. Muchas veces el sudor me recorre la tela de la camisa y un escozor desagradable me conmueve el cuerpo. Entonces me gustaría gritar y dar puñetazos al aire, pero no puedo, porque en el fondo parezco un hombre serio y educado y porque en el fondo, debo seguir guardando la compostura.
Pero justamente da la casualidad que hoy el autobús va prácticamente vacío, tengo libertad para elegir donde sentarme. Hay gente que cambia tres veces de asiento antes de acomodarse definitivamente, yo no, yo si me siento ya no me mueve ni el dedo castigador de Dios. Y si un viejo se acerca, pongo cara de subnormal y espero hasta solicitar mi parada. El otro día me vi, habían puesto mi cara justamente al lado del pictograma de la mujer embarazada. El cartel era azul, y junto al de personas mayores y discapacitados físicos estaba yo, mi cara, mis ojos, debían cederme el sitio porque era el ganador al tipo más gilipollas de la ciudad.
El caso es que aquel día, justo el día en el que todos los asientos están vacíos, una chica rubia, muy guapa, se ha sentado en mi sitio habitual, si, ese que queda casi al final del autocar, son asientos de cuatro, dos mirando hacia el frente y dos mirando atrás, yo siempre me sentaba en el que daba al frente, junto a la ventana. Allí nunca me mareo, allí puedo leer tranquilo, y si la lectura me cansa miro por la ventana para disfrutar de mi original y nunca vista ciudad. Ando por el estrecho pasillo y entonces allí está ella, con sus elegantes piernas apoyadas contra el asiento del frente, a su lado, un asiento completamente libre, y al otro extremo, la misma situación, claro que en el otro extremo tengo la incomodidad de ir de espaldas al trayecto. Entonces la miro y por un momento me siento culpable de acomodarme a su lado, podría pensar que teniendo todo el autobús para mí, me siento a su lado porque soy un pervertido o porque simplemente quiero oler su esencia. ¡No me importa! ¿Es qué acaso por que sea guapa ya tiene todo el derecho del mundo? ¿Acaso no soy yo un ser humano igual que ella?
-Yo me siento a su lado señorita, simplemente porque usted me ha robado mi sitio, no porque sea un bombón y necesite de su presencia- Ella me mira con cara de no entender un carajo de lo que digo, tal vez sea extranjera, o tal vez también sea gilipollas, no sería raro. Entonces miro al frente, delante mía hay otra chica joven, sólo la veo de espaldas, concretamente le miro una constelación de lunares en sus hombros. Viaja sola, un viejo entra por la puerta, recorre el mismo pasillo que yo y mira a su derecha donde está la chica, a su izquierda tiene dos asientos vacíos, completamente vacíos ¿Adivino dónde se va a sentar? Me aventuro y acierto, justamente su culo va a parar al lado de la chica. Pero no es extraño, es un viejo y la chica es guapa, es fácil mirar mal, pero…la vejez es una crueldad irremediable. Da igual que hayas sido un cabronazo toda tu vida, si Hitler hubiese llegado a los noventa seguramente ahora parecería un tipo entrañable. Las arrugas engañan, el pelo blanco también.
sábado, 4 de abril de 2009
¡Mala Vida! Final

-¡Llueve, llueve!- Gritó ésta poseída.
La miré sonriendo. Cecilia se levantó y desapareció por el pasillo. Hacía frío, Rosa buscó una manta en el ropero.
-¡Bajemos a la calle, a bailar bajo la lluvia Simón! ¿Nunca has querido bailar bajo la lluvia?- Daniela enloquecía por momentos, Simón nunca había deseado bailar bajo la lluvia, al menos yo no conocía ese deseo suyo tan imperante. El caso es que Simón haría lo que ella le pidiese, Daniela era Cleopatra y Simón un pobre esclavo egipcio sin voluntad.
De aquella manera Cleopetra se acercó a su esclavo, lo agarró por un brazo y ambos desaparecieron por la puerta principal, rumbo a la calle, rumbo a la nada, en busca de aquella melodía armoniosa que producía el agua al chocar contra el acerado polvoriento de la ciudad.
De repente me encontré solo y triste, pero aquel sentimiento desapareció pronto, suelo tener tendencia a olvidar lo malo. Lo que no olvidé es que Cecilia había desaparecido y me encontraba al lado de Hermes, que a su vez se encontraba al lado de Rosa. Los tres en el mismo sofá, tapados con la misma manta. El ambiente parecía respirar tranquilo por momentos y ahora la profesora descansaba casi dormida sobre el hombro de Hermes. Lucio ladró, miraba hacia el interior del pasillo, como si algún espectro infernal estuviese amenazándolo.
Seguía lloviendo, el centro de la tormenta estaba sobre nuestras cabezas. Desde la calle se oían ya los gritos de Daniela, cantaba una canción-¡Mala vida! ¡Tú me estás dando mala vida! ¡Mi corazón!- O al menos era lo que parecía escucharse desde el quinto piso de la calle Ilusiones.
La cabeza de Rosa se movió tímidamente, con los ojos cerrados, sus labios carnosos de treinta y dos años se acercaron peligrosamente al cuello de Hermes. Me dí cuenta de todo, debí desaparecer o al menos volverme invisible, pero Hermes me miró y me suplicó que no me fuera, que el miedo lo dominaba. Era un tipo que siempre tenía facilidad con las mujeres, contaba anécdotas sobre amantes salvajes las veinticuatro horas del día, pero en aquel instante el miedo lo hizo su esclavo. Al fin y al cabo aquella mujer, era mucha mujer para él. Me pareció divertido, entonces volví a sonreír, el rostro de Hermes se volvió gris. La mano de Rosa recorría peligrosamente la entrepierna de su antiguo alumno, como una serpiente deslizándose con seguridad, sabiendo que su presa ya estaba muerta. Entonces miré hacia la biblioteca y recordé el ejemplar de las 120 jornadas de Sodoma, aquella mujer debía saber mucho sobre la vida. Rosa era una libertina francesa del siglo XVII, una señora marquesa, una instructora en el arte del vicio. Hermes sin embargo había quedado reducido al simple papel de víctima virginal, un don nadie, él representaba a la adorable Justine, inocente, apaleada y corrompida por los placeres carnales.
Fue en aquel preciso instante cuando me levanté con la excusa de ir al baño A Rosa no pareció importarle, casi me lo agradeció. Hermes me fulminó con la mirada. ¿Y Cecilia? Parecía que ya nadie se acordaba de ella, en aquel momento sentí compasión. Atravesé el pasillo velozmente, no había bebido mucho pero tal vez el nerviosismo y la angustia de sentirme solo me habían convencido para llegar al baño lo antes posible. Desde allí y mientras me bajaba la cremallera pude observar por la ventana que seguía lloviendo. Entonces oí a Daniela desde la calle.- ¡Mala vida!- Continuaba cantando. Decidí asomarme, desde la diminuta ventana pude observarla, bailaba bajo la lluvia junto a una farola que desprendía una tenue luz amarilla, Simón sentado en el escalón de un sucio portal la miraba, la deseaba tanto que iba a estallar. Lo cierto es que las gotas de lluvia recorriendo la piel de aquella chica de pelo rosa era una imagen casi cautivadora. Incluso yo sentí en aquel momento una especie de ahogo, duró poco, porque yo siempre olvido lo malo y porque Daniela estaba tan borracha que empezó a delirar.
-¡Juguemos a otra cosa Simón!- Dijo ésta acercándose al joven y frustrado artista.
-¿A qué quieres jugar?
-¡Juguemos a golpearnos!
-¿Cómo dices?
-¡Sí, peguémonos!
-¿Qué nos peguemos? ¿Estás loca Daniela?
-¡Peguémonos Simón! ¿Nunca has deseado hacerlo? ¡Si, como en aquella película!
-No pienso golpearte…
-¡Nunca quieres hacer nada! Eres una persona aburrida, no me vales. ¡Debemos golpearnos, debemos azotarnos! ¡Vamos! ¿Nunca has querido hacerlo? Es una manera de liberar tensiones, de defendernos ante la vida, de suspirar, de relajarnos…
-He dicho que no voy a golpearte…
-Simón, si no me golpeas lo haré yo, así que deberías pensarlo- Exclamó Daniela tambaleándose hacia un lado. Desde mi ventana podía ver la escena sin perderme el más mínimo detalle. Lo cierto es que estaba seguro de que Simón no la golpearía ni siquiera para defenderse. Ella estaba borracha y loca, más loca que borracha. Se acercó a él con rapidez y con el puño cerrado lo golpeó en el ojo. Simón quedó tirado en la calle, mareado, con las gotas de lluvia cayendo sobre su debilitado y enamorado cuerpo.
-¡Simón, Simón! ¿Estás bien?- Gritó Daniela agarrándolo por la cabeza.
Dejé de mirar porque desde el otro lado de la casa Hermes gritaba mi nombre suplicando ayuda, como si lo estuviesen matando, como si aquello fuese lo más horrible que le hubiese pasado en la vida. Me llamaba, y con aire desolador me decía que era hora de marcharnos, que se había hecho tarde. Yo me miré en el espejo del baño y esperé unos segundos, no se por que creí divertido hacer sufrir a Hermes un poco más.
Él seguía suplicando que volviese al salón. Al salir por la puerta del baño Cecilia salió de una de las habitaciones con el rostro empapado en lágrimas y se encaminó a paso veloz hasta la sala de estar por delante de mí. Al llegar, los dos pudimos comprobar como Rosa, con la espalda desnuda, se situaba justo encima de Hermes mientras este nos miraba con el rostro descompuesto. Cecilia los observó estupefacta, y entonces explotó, levantó los brazos hacia el cielo y gritó fuertemente.
-¡Se acabó, no lo soporto más!
En aquel momento Rosa se percató de la situación y todo el alcohol de su cuerpo se evaporó hasta desaparecer por el techo.
-¡Cecilia…!-Dijo mientras miraba como su hermana pequeña rompía en un llanto desolador.
-¡Se acabó, me voy de este mundo, me voy por la puerta grande! ¡No quiero vivir!- Exclamó violentamente Cecilia con la premisa de que seguramente haría una locura.
Hermes y yo la miramos con asombro, Rosa se incorporó del sofá mientras por la puerta aparecían Daniela y un Simón desconocido con el ojo derecho completamente morado. Cecilia huyó corriendo hacia el portal subiendo las escaleras dirección a la azotea. Simón la miró con asombro. No entendía absolutamente nada. Ahora todos sabían que Cecilia amaba a Hermes y Rosa había desencadenado la tormenta, la misma tormenta que iba desapareciendo sobre el cielo de la ciudad. La misma tormenta que desde la última planta del edificio situado en la calle Ilusiones hacia que Cecilia se incorporara sobre el borde del precipicio con la intención de dar fin a una vida triste y trágica como la suya.
-¡Cecilia, no lo hagas! ¡Baja de ahí inmediatamente!- Gritó Daniela con su flamante e impecable pelo rosa.
-¡Dejadme en paz, me voy a matar y no hay vuelta atrás!
-¿Y por qué motivo deberías hacer algo así?
Cecilia miró hacia al vacío y suspiró. Después nos observó a todos. –Estoy cansada, la tragedia del mundo consiste en que al fin y al cabo todos estamos solos, que por mucho que lo creamos es mentira todo eso de que podemos encontrar alguien que nos comprenda, que nos escuche y que definitivamente nos dure para siempre. Yo no creo en eso, yo creo en la supervivencia, ahora entiendo porque en el metro hay siempre tanto bullicio, tantas mentes pensantes yendo y viniendo, rozándose aparentemente sin quererlo, rozándose sin saber que realmente se tocan con el fin de encontrar el calor de otra persona aunque solo sea durante tres segundos. ¡Pues yo estoy cansada! ¡Yo no me conformo con el tacto del metro, yo siempre he pedido algo más y nunca lo he tenido! ¡Ha llegado el momento de acabar con todo…!
Y en aquel preciso instante, mientras el diminuto pie de Cecilia se posaba sobre el aire Simón se acercaba sigilosamente por la espalda salvándola del abismo y devolviéndola a la vida, resucitándola de las tinieblas. Rosa respiró con tranquilidad al ver a su hermana pequeña sana y salva, no volvió a mirar a Hermes. Daniela y yo lo observábamos todo con la perplejidad de un bebé tierno e inocente. La figura formada por Cecilia y Simón era conmovedora, como la piedad de Miguel Ángel, allí estaban los dos, mirándose a los ojos recobrando la conciencia, despertando de una noche desolada por la vorágine de las pasiones y los vendavales de los sentimientos. Y ambos quedaron abrazados mientras el sol de la mañana aparecía ya tras la antigua catedral de la ciudad.
A las siete y dos minutos, todos y cada uno de los presentes abandonó el fatídico lugar, Rosa y Cecilia se quedaron juntas durmiendo como dos hermanas pequeñas compartiendo habitación inocentemente. Daniela paró un taxi y volvió a casa donde sus padres seguramente ya no la esperaban. Hermes, Simón y yo…bueno, aquello era otra historia. Al llegar al lugar donde reposaba la motocicleta de Hermes, pudimos comprobar que apenas quedaba rastro de ella, una farola sucia y polvorienta junto a un candado oxidado indicaba que durante la tormenta, algún grupo de vándalos se había encargado hacerla desaparecer. Pero a Hermes apenas pareció importarle, se encontraba en un estado de catarsis demoledor, como nunca antes se le había visto. No habló en todo el trayecto de vuelta. Subimos al autobús y nos acomodamos en los asientos traseros. A mi derecha Simón sonreía estúpidamente mirando hacia el cielo con un ojo derecho de boxeador abatido. Hermes respiraba sosegadamente, su mirada se cerraba con el calor de la mañana. Yo, miré al frente, la ciudad empezaba a despertar, entonces incliné el rostro hacia delante y sonreí.
La miré sonriendo. Cecilia se levantó y desapareció por el pasillo. Hacía frío, Rosa buscó una manta en el ropero.
-¡Bajemos a la calle, a bailar bajo la lluvia Simón! ¿Nunca has querido bailar bajo la lluvia?- Daniela enloquecía por momentos, Simón nunca había deseado bailar bajo la lluvia, al menos yo no conocía ese deseo suyo tan imperante. El caso es que Simón haría lo que ella le pidiese, Daniela era Cleopatra y Simón un pobre esclavo egipcio sin voluntad.
De aquella manera Cleopetra se acercó a su esclavo, lo agarró por un brazo y ambos desaparecieron por la puerta principal, rumbo a la calle, rumbo a la nada, en busca de aquella melodía armoniosa que producía el agua al chocar contra el acerado polvoriento de la ciudad.
De repente me encontré solo y triste, pero aquel sentimiento desapareció pronto, suelo tener tendencia a olvidar lo malo. Lo que no olvidé es que Cecilia había desaparecido y me encontraba al lado de Hermes, que a su vez se encontraba al lado de Rosa. Los tres en el mismo sofá, tapados con la misma manta. El ambiente parecía respirar tranquilo por momentos y ahora la profesora descansaba casi dormida sobre el hombro de Hermes. Lucio ladró, miraba hacia el interior del pasillo, como si algún espectro infernal estuviese amenazándolo.
Seguía lloviendo, el centro de la tormenta estaba sobre nuestras cabezas. Desde la calle se oían ya los gritos de Daniela, cantaba una canción-¡Mala vida! ¡Tú me estás dando mala vida! ¡Mi corazón!- O al menos era lo que parecía escucharse desde el quinto piso de la calle Ilusiones.
La cabeza de Rosa se movió tímidamente, con los ojos cerrados, sus labios carnosos de treinta y dos años se acercaron peligrosamente al cuello de Hermes. Me dí cuenta de todo, debí desaparecer o al menos volverme invisible, pero Hermes me miró y me suplicó que no me fuera, que el miedo lo dominaba. Era un tipo que siempre tenía facilidad con las mujeres, contaba anécdotas sobre amantes salvajes las veinticuatro horas del día, pero en aquel instante el miedo lo hizo su esclavo. Al fin y al cabo aquella mujer, era mucha mujer para él. Me pareció divertido, entonces volví a sonreír, el rostro de Hermes se volvió gris. La mano de Rosa recorría peligrosamente la entrepierna de su antiguo alumno, como una serpiente deslizándose con seguridad, sabiendo que su presa ya estaba muerta. Entonces miré hacia la biblioteca y recordé el ejemplar de las 120 jornadas de Sodoma, aquella mujer debía saber mucho sobre la vida. Rosa era una libertina francesa del siglo XVII, una señora marquesa, una instructora en el arte del vicio. Hermes sin embargo había quedado reducido al simple papel de víctima virginal, un don nadie, él representaba a la adorable Justine, inocente, apaleada y corrompida por los placeres carnales.
Fue en aquel preciso instante cuando me levanté con la excusa de ir al baño A Rosa no pareció importarle, casi me lo agradeció. Hermes me fulminó con la mirada. ¿Y Cecilia? Parecía que ya nadie se acordaba de ella, en aquel momento sentí compasión. Atravesé el pasillo velozmente, no había bebido mucho pero tal vez el nerviosismo y la angustia de sentirme solo me habían convencido para llegar al baño lo antes posible. Desde allí y mientras me bajaba la cremallera pude observar por la ventana que seguía lloviendo. Entonces oí a Daniela desde la calle.- ¡Mala vida!- Continuaba cantando. Decidí asomarme, desde la diminuta ventana pude observarla, bailaba bajo la lluvia junto a una farola que desprendía una tenue luz amarilla, Simón sentado en el escalón de un sucio portal la miraba, la deseaba tanto que iba a estallar. Lo cierto es que las gotas de lluvia recorriendo la piel de aquella chica de pelo rosa era una imagen casi cautivadora. Incluso yo sentí en aquel momento una especie de ahogo, duró poco, porque yo siempre olvido lo malo y porque Daniela estaba tan borracha que empezó a delirar.
-¡Juguemos a otra cosa Simón!- Dijo ésta acercándose al joven y frustrado artista.
-¿A qué quieres jugar?
-¡Juguemos a golpearnos!
-¿Cómo dices?
-¡Sí, peguémonos!
-¿Qué nos peguemos? ¿Estás loca Daniela?
-¡Peguémonos Simón! ¿Nunca has deseado hacerlo? ¡Si, como en aquella película!
-No pienso golpearte…
-¡Nunca quieres hacer nada! Eres una persona aburrida, no me vales. ¡Debemos golpearnos, debemos azotarnos! ¡Vamos! ¿Nunca has querido hacerlo? Es una manera de liberar tensiones, de defendernos ante la vida, de suspirar, de relajarnos…
-He dicho que no voy a golpearte…
-Simón, si no me golpeas lo haré yo, así que deberías pensarlo- Exclamó Daniela tambaleándose hacia un lado. Desde mi ventana podía ver la escena sin perderme el más mínimo detalle. Lo cierto es que estaba seguro de que Simón no la golpearía ni siquiera para defenderse. Ella estaba borracha y loca, más loca que borracha. Se acercó a él con rapidez y con el puño cerrado lo golpeó en el ojo. Simón quedó tirado en la calle, mareado, con las gotas de lluvia cayendo sobre su debilitado y enamorado cuerpo.
-¡Simón, Simón! ¿Estás bien?- Gritó Daniela agarrándolo por la cabeza.
Dejé de mirar porque desde el otro lado de la casa Hermes gritaba mi nombre suplicando ayuda, como si lo estuviesen matando, como si aquello fuese lo más horrible que le hubiese pasado en la vida. Me llamaba, y con aire desolador me decía que era hora de marcharnos, que se había hecho tarde. Yo me miré en el espejo del baño y esperé unos segundos, no se por que creí divertido hacer sufrir a Hermes un poco más.
Él seguía suplicando que volviese al salón. Al salir por la puerta del baño Cecilia salió de una de las habitaciones con el rostro empapado en lágrimas y se encaminó a paso veloz hasta la sala de estar por delante de mí. Al llegar, los dos pudimos comprobar como Rosa, con la espalda desnuda, se situaba justo encima de Hermes mientras este nos miraba con el rostro descompuesto. Cecilia los observó estupefacta, y entonces explotó, levantó los brazos hacia el cielo y gritó fuertemente.
-¡Se acabó, no lo soporto más!
En aquel momento Rosa se percató de la situación y todo el alcohol de su cuerpo se evaporó hasta desaparecer por el techo.
-¡Cecilia…!-Dijo mientras miraba como su hermana pequeña rompía en un llanto desolador.
-¡Se acabó, me voy de este mundo, me voy por la puerta grande! ¡No quiero vivir!- Exclamó violentamente Cecilia con la premisa de que seguramente haría una locura.
Hermes y yo la miramos con asombro, Rosa se incorporó del sofá mientras por la puerta aparecían Daniela y un Simón desconocido con el ojo derecho completamente morado. Cecilia huyó corriendo hacia el portal subiendo las escaleras dirección a la azotea. Simón la miró con asombro. No entendía absolutamente nada. Ahora todos sabían que Cecilia amaba a Hermes y Rosa había desencadenado la tormenta, la misma tormenta que iba desapareciendo sobre el cielo de la ciudad. La misma tormenta que desde la última planta del edificio situado en la calle Ilusiones hacia que Cecilia se incorporara sobre el borde del precipicio con la intención de dar fin a una vida triste y trágica como la suya.
-¡Cecilia, no lo hagas! ¡Baja de ahí inmediatamente!- Gritó Daniela con su flamante e impecable pelo rosa.
-¡Dejadme en paz, me voy a matar y no hay vuelta atrás!
-¿Y por qué motivo deberías hacer algo así?
Cecilia miró hacia al vacío y suspiró. Después nos observó a todos. –Estoy cansada, la tragedia del mundo consiste en que al fin y al cabo todos estamos solos, que por mucho que lo creamos es mentira todo eso de que podemos encontrar alguien que nos comprenda, que nos escuche y que definitivamente nos dure para siempre. Yo no creo en eso, yo creo en la supervivencia, ahora entiendo porque en el metro hay siempre tanto bullicio, tantas mentes pensantes yendo y viniendo, rozándose aparentemente sin quererlo, rozándose sin saber que realmente se tocan con el fin de encontrar el calor de otra persona aunque solo sea durante tres segundos. ¡Pues yo estoy cansada! ¡Yo no me conformo con el tacto del metro, yo siempre he pedido algo más y nunca lo he tenido! ¡Ha llegado el momento de acabar con todo…!
Y en aquel preciso instante, mientras el diminuto pie de Cecilia se posaba sobre el aire Simón se acercaba sigilosamente por la espalda salvándola del abismo y devolviéndola a la vida, resucitándola de las tinieblas. Rosa respiró con tranquilidad al ver a su hermana pequeña sana y salva, no volvió a mirar a Hermes. Daniela y yo lo observábamos todo con la perplejidad de un bebé tierno e inocente. La figura formada por Cecilia y Simón era conmovedora, como la piedad de Miguel Ángel, allí estaban los dos, mirándose a los ojos recobrando la conciencia, despertando de una noche desolada por la vorágine de las pasiones y los vendavales de los sentimientos. Y ambos quedaron abrazados mientras el sol de la mañana aparecía ya tras la antigua catedral de la ciudad.
A las siete y dos minutos, todos y cada uno de los presentes abandonó el fatídico lugar, Rosa y Cecilia se quedaron juntas durmiendo como dos hermanas pequeñas compartiendo habitación inocentemente. Daniela paró un taxi y volvió a casa donde sus padres seguramente ya no la esperaban. Hermes, Simón y yo…bueno, aquello era otra historia. Al llegar al lugar donde reposaba la motocicleta de Hermes, pudimos comprobar que apenas quedaba rastro de ella, una farola sucia y polvorienta junto a un candado oxidado indicaba que durante la tormenta, algún grupo de vándalos se había encargado hacerla desaparecer. Pero a Hermes apenas pareció importarle, se encontraba en un estado de catarsis demoledor, como nunca antes se le había visto. No habló en todo el trayecto de vuelta. Subimos al autobús y nos acomodamos en los asientos traseros. A mi derecha Simón sonreía estúpidamente mirando hacia el cielo con un ojo derecho de boxeador abatido. Hermes respiraba sosegadamente, su mirada se cerraba con el calor de la mañana. Yo, miré al frente, la ciudad empezaba a despertar, entonces incliné el rostro hacia delante y sonreí.
viernes, 3 de abril de 2009
¡Mala Vida! Parte II

Rubia y de piel áspera, miraba a Hermes descaradamente, Cecilia no se había percato, yo si. Poseía un tono despreocupado, distante al principio, intimidatorio después, aquella chica de melena larga, era Rosa, la hermana mayor de Cecilia.
Rosa, que vivía sola en un piso de la calle Ilusiones, era profesora de geografía e historia. Al principio en un colegio mayor. En sus años de interina había sido tutora tanto de Hermes como de Simón.
-¡Buenas noches chicos!- Dijo Rosa sorprendiendo a Cecilia por la espalda.
-¡Rosa!- Dijo esta sobrecogida. La miró apagando los ojos rápidamente, los mismos ojos de erotismo que unos minutos antes habían estado desnudando la piel de Hermes.
-¿Qué hace mi querida y ex profesora favorita deambulando por un sitio como este?-Preguntó Hermes clavándole la mirada.
-No sólo los jóvenes ibais a tener derecho a vivir…
-¡Lo tenemos, lo tenemos! De los veinte a los treinta es la edad para hacerlo todo, de llegar al éxito o morir en el intento. Si no has aprovechado, lo siento, una mujer como tú debería estar ya en casa reconsiderando que el tiempo se acaba.
-Hermes, siempre me gustó tu humor, creo que por eso aprobaste mi asignatura, no fue gracias a tus calificaciones precisamente…
-Siempre copiaba Rosa, y lo sabías- Exclamó Simón desde el otro lado de la mesa.
-Hola Simón, ni siquiera te he saludado, te pido perdón. Tú…, Daniela, ¿Qué tal?-
Daniela la miró entonces con la conciencia perdida, definitivamente tenía un pie en la tierra y el otro en un sueño etílico. Rosa me miró, tal vez conocía mi cara pero en ese momento no me recordaba. Aún recuerdo como nos presentaron, la saludé y luego nos invitó a unirnos a su grupo. Sus amigos se iban pronto, pero ella no dudaba en seguir con la fiesta. Tenía el piso cerca del café, no lo pensó ni un instante, nos invitó a subir.
Era un piso enorme, quiero decir, apenas parecía la casa de un funcionario. Tenía un pasillo alargado, como aquellos de las mansiones encantadas, lo cierto es que aquel lugar no daba precisamente miedo. Fijándome en la decoración pude comprobar que si Cecilia me parecía boba, su hermana debía serlo aún más. Se puede averiguar mucho sobre las personas según la casa en la que vivan. En el balcón tenía un maniquí con una extraña peluca rubia. Estaba vestido como un payaso. Aquello si me llegó a asustar. Un ladrido me distrajo, era Lucio, el perro de Rosa, un chucho color marrón con aspecto simpático, ladraba hacia una especie de veleta multicolor que giraba en la terraza junto al maniquí.
El salón era pequeño. Tenía una discreta biblioteca donde pude observar alguna obra interesante, me llamó la atención un ejemplar de “Las 120 jornadas de Sodoma” Aquella chica leía a Sade y en francés, ¡y yo sin saberlo!
Encima de una pequeña mesa de madera había un ordenador portátil, Hermes fue el primero en sentarse y comenzó a indagar en los archivos ocultos del aparato. Lo que realmente no sabía éste, es que donde estaba indagando y sin quererlo, era en la oscura mente de su antigua profesora de Geografía e Historia. En las carpetas censuradas pobladas de pensamientos prohibidos.
Mientras todos se acomodaban alrededor del mueble bar decidí recorrer el pasillo y dejarme llevar hacia las profundidades de aquella cueva misteriosa. Al pasar por una de las oscuras habitaciones un suspiro pareció llamarme desde la penumbra. Era Simón y estaba tumbado sobre una cama. Me hizo pasar sin hacer ruido, aquella cama no habría tenido nada de misterioso si no fuese porque era una cama de agua. Nunca habíamos visto nada igual, nos revolcamos alegremente como dos niños pequeños en un parque de atracciones. Simón ya no recordaba su arte ni sus fracasos, sin embargo Daniela seguía en su mente, me lo confirmaban sus ojos.
Me incorporé rápidamente y comencé a escudriñar el lugar. Todo elemento allí presente poseía una estética descaradamente retro. Parecía que aquello era la habitación de Rosa. En un lado de la pared pude descubrir un cartel de “La pequeña tienda de los horrores” al otro, un mueble repleto de discos de vinilo. Indagando descubrí desde la discografía completa de Pink Floyd hasta los vinilos menos recordados de Stevie Wonder. Aquella chica parecía tener buen gusto, pero mi mente ya no lo asumía, era la hermana de Cecilia y el maniquí del balcón seguía diciéndome que estaba ante una persona de una superficialidad egoístamente cruel.
De repente y sin avisar, Cecilia apareció en la habitación, Simón continuaba tumbado bocarriba con los brazos abiertos y mirando hacia el techo estrellado. Yo continuaba manoseando indiscriminadamente los discos de Rosa.
-¿Qué hacéis aquí imbéciles?- Gritó Cecilia mirándome directamente a los ojos.
-Simón no se encuentra bien, lo estoy ayudando…- Dije sonriendo. Pero ella no me creyó, no era tan tonta como parecía. Agarré a Simón y lo llevé hacia el salón, recorriendo de nuevo el desierto pasillo. Allí estaban todos. En el sofá Hermes bebía un líquido blanco, Bayleis seguramente, Rosa a su lado reía, ¡reía mucho! También miraba con ansias a Hermes, con el mismo ansia que Cecilia lo había estado mirando horas antes en el café. Daniela fumaba, y también bebía, y luego fumaba y después seguía bebiendo, y sus ojos parecía que iban a estallar. Allí todos resultaban estar locos, bueno, todos menos Simón que seguía deprimido. Su rostro era el de un caballero medieval abatido por la muerte de su esposa. Abatido por la muerte de Daniela, una mujer a la que nunca besaría porque ella viajaba por otra órbita, por otra dimensión. Resultaba que cuando el iba, ella venía, y cuando el era sol ella era luna. Era imposible, hay amores imposibles y Simón lo sabía.
Cecilia miraba a su hermana con aire desconfiado, algo no le gustaba. Seguramente pensaba que Rosa se sentía atraída por Hermes, aquello parecía tan extraño, tan bizarro… Al fin y al cabo Rosa tenía treinta y dos años y Hermes diecinueve, nadie habría dado un céntimo por aquella atracción fatal. Lo cierto es que Cecilia decidió dejar de espiar a su hermana y fue al lado de Daniela, le robó la copa de las manos y comenzó a beber. Simón se acercó a mí, con el rostro decrépito y triste me dijo:
-Me siento una mala persona…- Simón tenía aquellos arrebatos de tristeza. Era una persona inestable y tendía a ver la vida como un oscuro mundo de pesadillas, un enorme vertedero en el que sobrevivir. Era un pesimista, era débil, aquello se notaba porque cada vez que te daba la mano apenas la apretaba, no hacía ni el miserable intento de hacer fuerza. Mientras te agarraba miraba hacía abajo con el rostro de un cachorro abandonado .Con sus formas te decía claramente que su existencia la sobrellevaba como buenamente podía. Que era un desgraciado, un tipo sin suerte y una mala persona que se merecía todo aquello y más.
Después lo miré con ojos compasivos, sólo podía darle ánimos, al fin y al cabo era un buen amigo, depresivo y desquiciado había compartido con él grandes momentos vitales, no iba a permitir que sus crisis espirituales nos alejasen del buen camino. Miré a Daniela, reía a carcajadas, sabía que Simón la adoraba, pero no le importaba, tampoco la culpé, ella se ocupaba de Cecilia-corazón roto y yo de Simón-corazón triturado, no había mucha diferencia, salvo que Cecilia era algo boba y mi amigo no.
A las cinco de la mañana, la vorágine se situó sobre nuestras cabezas. Una lluvia agresiva salpicó los cristales de la habitación. Estábamos en medio de aquella fuerza de la naturaleza, expuestos a su furia, el viento soplaba y nos arrastraba, el viento soplaba con fuerza y empujó a Rosa hacia Hermes, y a Cecilia hacía la desconfianza familiar, hacia la traición, hacia la desdicha. Daniela definitivamente estaba poseída por el alcohol.
Rosa, que vivía sola en un piso de la calle Ilusiones, era profesora de geografía e historia. Al principio en un colegio mayor. En sus años de interina había sido tutora tanto de Hermes como de Simón.
-¡Buenas noches chicos!- Dijo Rosa sorprendiendo a Cecilia por la espalda.
-¡Rosa!- Dijo esta sobrecogida. La miró apagando los ojos rápidamente, los mismos ojos de erotismo que unos minutos antes habían estado desnudando la piel de Hermes.
-¿Qué hace mi querida y ex profesora favorita deambulando por un sitio como este?-Preguntó Hermes clavándole la mirada.
-No sólo los jóvenes ibais a tener derecho a vivir…
-¡Lo tenemos, lo tenemos! De los veinte a los treinta es la edad para hacerlo todo, de llegar al éxito o morir en el intento. Si no has aprovechado, lo siento, una mujer como tú debería estar ya en casa reconsiderando que el tiempo se acaba.
-Hermes, siempre me gustó tu humor, creo que por eso aprobaste mi asignatura, no fue gracias a tus calificaciones precisamente…
-Siempre copiaba Rosa, y lo sabías- Exclamó Simón desde el otro lado de la mesa.
-Hola Simón, ni siquiera te he saludado, te pido perdón. Tú…, Daniela, ¿Qué tal?-
Daniela la miró entonces con la conciencia perdida, definitivamente tenía un pie en la tierra y el otro en un sueño etílico. Rosa me miró, tal vez conocía mi cara pero en ese momento no me recordaba. Aún recuerdo como nos presentaron, la saludé y luego nos invitó a unirnos a su grupo. Sus amigos se iban pronto, pero ella no dudaba en seguir con la fiesta. Tenía el piso cerca del café, no lo pensó ni un instante, nos invitó a subir.
Era un piso enorme, quiero decir, apenas parecía la casa de un funcionario. Tenía un pasillo alargado, como aquellos de las mansiones encantadas, lo cierto es que aquel lugar no daba precisamente miedo. Fijándome en la decoración pude comprobar que si Cecilia me parecía boba, su hermana debía serlo aún más. Se puede averiguar mucho sobre las personas según la casa en la que vivan. En el balcón tenía un maniquí con una extraña peluca rubia. Estaba vestido como un payaso. Aquello si me llegó a asustar. Un ladrido me distrajo, era Lucio, el perro de Rosa, un chucho color marrón con aspecto simpático, ladraba hacia una especie de veleta multicolor que giraba en la terraza junto al maniquí.
El salón era pequeño. Tenía una discreta biblioteca donde pude observar alguna obra interesante, me llamó la atención un ejemplar de “Las 120 jornadas de Sodoma” Aquella chica leía a Sade y en francés, ¡y yo sin saberlo!
Encima de una pequeña mesa de madera había un ordenador portátil, Hermes fue el primero en sentarse y comenzó a indagar en los archivos ocultos del aparato. Lo que realmente no sabía éste, es que donde estaba indagando y sin quererlo, era en la oscura mente de su antigua profesora de Geografía e Historia. En las carpetas censuradas pobladas de pensamientos prohibidos.
Mientras todos se acomodaban alrededor del mueble bar decidí recorrer el pasillo y dejarme llevar hacia las profundidades de aquella cueva misteriosa. Al pasar por una de las oscuras habitaciones un suspiro pareció llamarme desde la penumbra. Era Simón y estaba tumbado sobre una cama. Me hizo pasar sin hacer ruido, aquella cama no habría tenido nada de misterioso si no fuese porque era una cama de agua. Nunca habíamos visto nada igual, nos revolcamos alegremente como dos niños pequeños en un parque de atracciones. Simón ya no recordaba su arte ni sus fracasos, sin embargo Daniela seguía en su mente, me lo confirmaban sus ojos.
Me incorporé rápidamente y comencé a escudriñar el lugar. Todo elemento allí presente poseía una estética descaradamente retro. Parecía que aquello era la habitación de Rosa. En un lado de la pared pude descubrir un cartel de “La pequeña tienda de los horrores” al otro, un mueble repleto de discos de vinilo. Indagando descubrí desde la discografía completa de Pink Floyd hasta los vinilos menos recordados de Stevie Wonder. Aquella chica parecía tener buen gusto, pero mi mente ya no lo asumía, era la hermana de Cecilia y el maniquí del balcón seguía diciéndome que estaba ante una persona de una superficialidad egoístamente cruel.
De repente y sin avisar, Cecilia apareció en la habitación, Simón continuaba tumbado bocarriba con los brazos abiertos y mirando hacia el techo estrellado. Yo continuaba manoseando indiscriminadamente los discos de Rosa.
-¿Qué hacéis aquí imbéciles?- Gritó Cecilia mirándome directamente a los ojos.
-Simón no se encuentra bien, lo estoy ayudando…- Dije sonriendo. Pero ella no me creyó, no era tan tonta como parecía. Agarré a Simón y lo llevé hacia el salón, recorriendo de nuevo el desierto pasillo. Allí estaban todos. En el sofá Hermes bebía un líquido blanco, Bayleis seguramente, Rosa a su lado reía, ¡reía mucho! También miraba con ansias a Hermes, con el mismo ansia que Cecilia lo había estado mirando horas antes en el café. Daniela fumaba, y también bebía, y luego fumaba y después seguía bebiendo, y sus ojos parecía que iban a estallar. Allí todos resultaban estar locos, bueno, todos menos Simón que seguía deprimido. Su rostro era el de un caballero medieval abatido por la muerte de su esposa. Abatido por la muerte de Daniela, una mujer a la que nunca besaría porque ella viajaba por otra órbita, por otra dimensión. Resultaba que cuando el iba, ella venía, y cuando el era sol ella era luna. Era imposible, hay amores imposibles y Simón lo sabía.
Cecilia miraba a su hermana con aire desconfiado, algo no le gustaba. Seguramente pensaba que Rosa se sentía atraída por Hermes, aquello parecía tan extraño, tan bizarro… Al fin y al cabo Rosa tenía treinta y dos años y Hermes diecinueve, nadie habría dado un céntimo por aquella atracción fatal. Lo cierto es que Cecilia decidió dejar de espiar a su hermana y fue al lado de Daniela, le robó la copa de las manos y comenzó a beber. Simón se acercó a mí, con el rostro decrépito y triste me dijo:
-Me siento una mala persona…- Simón tenía aquellos arrebatos de tristeza. Era una persona inestable y tendía a ver la vida como un oscuro mundo de pesadillas, un enorme vertedero en el que sobrevivir. Era un pesimista, era débil, aquello se notaba porque cada vez que te daba la mano apenas la apretaba, no hacía ni el miserable intento de hacer fuerza. Mientras te agarraba miraba hacía abajo con el rostro de un cachorro abandonado .Con sus formas te decía claramente que su existencia la sobrellevaba como buenamente podía. Que era un desgraciado, un tipo sin suerte y una mala persona que se merecía todo aquello y más.
Después lo miré con ojos compasivos, sólo podía darle ánimos, al fin y al cabo era un buen amigo, depresivo y desquiciado había compartido con él grandes momentos vitales, no iba a permitir que sus crisis espirituales nos alejasen del buen camino. Miré a Daniela, reía a carcajadas, sabía que Simón la adoraba, pero no le importaba, tampoco la culpé, ella se ocupaba de Cecilia-corazón roto y yo de Simón-corazón triturado, no había mucha diferencia, salvo que Cecilia era algo boba y mi amigo no.
A las cinco de la mañana, la vorágine se situó sobre nuestras cabezas. Una lluvia agresiva salpicó los cristales de la habitación. Estábamos en medio de aquella fuerza de la naturaleza, expuestos a su furia, el viento soplaba y nos arrastraba, el viento soplaba con fuerza y empujó a Rosa hacia Hermes, y a Cecilia hacía la desconfianza familiar, hacia la traición, hacia la desdicha. Daniela definitivamente estaba poseída por el alcohol.
miércoles, 1 de abril de 2009
¡Mala Vida! Parte I

Pero está bien tener proyectos, quiero decir que…es importante tener siempre barro entre las manos, yo a mi barro lo llamo ilusión, lo llamo inspiración porque… ¿Si no tienes un proyecto de vida, que tienes?
Y de aquella forma, sin avisar fue como apareció Hermes atravesando la puerta del café una noche cualquiera de primavera. Ojos hundidos, expresivos y melancólicos, había venido en su antigua motocicleta rodeado de escapes de gas, contaminación acústica y un sin fin de cláxones hiperactivos pisándole los talones.
-¡La gente es imbécil! Siempre con prisa, con lo bonito que es vivir la vida suspirando, haciendo explotar todas las sirenas y bocinas del mundo. ¿Tu que piensas Simón?
Simón, delgado, mirada triste, pelo liso y despeinado, estaba sentado a mi derecha, apenas rozaba los veinte años, compañero de clase durante los tiempos de facultad era una especie de bohemio frustrado, su sueño era ser artista, su gusto por el arte contemporáneo lo había llevado a construir todo tipo de figuritas de cartón asegurando que aquello provenía de dentro, de su mundo, un mundo interior tan rico y personal que lo había hecho saltarse todo el proceso, había pasado de estudiante a genio incomprendido obviando el aprendizaje intermedio.
-Yo pienso…pienso mucho, a veces me duele la cabeza, no debería pensar tanto- Contestó Simón mientras buscaba un cigarrillo en el bolsillo de su chaqueta.
Hermes lo miró aún desde la puerta, sin buscar una silla para unirse a la velada. El ambiente en el local estaba cargado y Simón cerró fuertemente los ojos, después me miró, y exclamó- Los únicos proyectos que me interesan a mí, son los proyectos de mujer, lo demás cada día me importa menos…
-¿Y qué hay de tu arte Simón? ¿Piensas dejarlo a un lado? ¿Piensas obviarlo para siempre?
-Puedo afrontar ser un artista fracasado, un poeta maldito, puedo aceptar no tener trabajo ni dinero, incluso no me importaría volverme loco un día de estos, pero lo que no pienso tolerar Hermes, es fracasar con las mujeres.
Hermes agarró fuertemente la silla de al lado, la situó con el respaldar en su torso y pidió una cerveza al camarero. Una canción de Franz Ferdinand sonaba en el ambiente. La puerta de la calle volvió a abrirse, Hermes seguía el ritmo con el pie mientras giraba la cabeza para averiguar quien aparecería tras la cristalera. Era Daniela, amiga de Simón, tal vez una de las tipas más extravagantes y hermosas que mi joven mente recordaba. Lo que más llamaba la intención es que su pelo era rosa, y seguramente habría pensando que el pelo rosa era lo más horrible si no fuese porque ella lo llevaba. Daniela, nunca la toqué pero su piel era suave, muy suave, estoy tan seguro como seguro estaba de que Simón la amaba en secreto desde hacia años, mucho antes de que yo llegara a este lugar, justo antes de que Hermes se convirtiera en el galán pretencioso y despistado que tanto le gustaba representar.
-¿Qué tal chicos? ¿Me invitáis a un Vodka con limón?- La tipa del pelo rosa era lista, ni siquiera había soltado su bolso y ya pedía la bebida más cara que podían servir en el café. Simón se levantó y la besó en la mejilla, Hermes lo miró, yo lo miré, estábamos seguros de que aquella noche Simón se arruinaba. La amaba, la idolatraba. Pero Daniela era una chica de carácter, una niña de papá inmadura y descerebrada, no pensaba en el amor, no pensaba en la vida, pensaba en vivir. Era guapa y lo sabía, lo sabía y aprovechaba su situación. Por eso siempre bebía hasta el amanecer, por eso siempre llegaba a casa borracha. Porque era joven, porque tenía un cuerpo bonito y porque le gustaba hacerlo. Simón despareció entre la multitud, buscaba un Vodka para Daniela mientras ella se sentaba a mi lado. Hermes la miró con repulsión, años atrás también la había deseado, pero aquello ya era historia.
-Bueno Daniela, ¿Qué tal la tarde, de que sorprendente lugar procedes?
-¿De dónde procedemos? He ahí una pregunta que atormenta al hombre desde tiempos inmemoriales- Daniela no podía evitar el contestar sarcásticamente a todo lo que se le preguntaba, mientras lo hacía liaba un porro con técnica asombrosa.- Pues verás Hermes, esta tarde no tenía ningún plan, así que salí a la calle sola, segura de que alguna situación extraordinaria me ocurriría, y efectivamente no estaba equivocada ¿Recuerdas las casas viejas del centro? Pues he conocido a unos tipos muy interesantes, filósofos de la vida, viven allí…viven allí sin preocuparse por nada, no pagan impuestos, no tienen deberes ni tareas, la única tarea y el único deber que ellos conocen es el deber de vivir.
-¿También tienen el pelo rosa?
-¡Muy gracioso Hermes! No, no lo tienen rosa, el de ellos es naranja…
-¡Lo sabía! No entiendo por que esta chica siente esa atracción atroz hacia los tintes de pelo imposibles...- Exclamó Hermes mientras yo sonreía al otro lado. Al mismo tiempo Simón aparecía con las manos envueltas en un mar de líquidos etílicos.
-¿Vodka con limón?- Preguntó con la pasmosa seguridad de que Daniela gritaría…
-¡Aquí!
- Decía Daniela que esta tarde ha conocido a dos tipos geniales, dos tipos que viven en una casa que no pagan, bajo un techo que apenas cubre cuando llueve y que además llevan el pelo naranja…
-¿En serio?
Simón se sorprendía con cualquier gilipollez salida de la boca de su dulce y hermosa Daniela, al menos si no lo hacía realmente imitaba a la perfección esa sensación de maravilla. En ese instante, y con unas ligeras gotas de lluvia golpeando el cristal de entrada al café apareció Cecilia. Nunca fue una chica guapa, pero era más o menos simpática. Siempre pensé que se dejaba caer por el lado del menos. Cecilia tenía alrededor de veintidós años, ojos negros y de piel blanca, era risueña e inocente, tan inocente que rozaba lo enfermizo. Lo cierto es que su personalidad asustaba, su manera de comportarse siempre había sido de lo más peculiar, sus desequilibrios emocionales abundaban en días soleados y días lluviosos. Da igual que la primavera no alterase la sangre, los glóbulos rojos de Cecilia vivían en un completo estado primaveral. Enamorada de Hermes, no lo ocultó jamás.
-¡Cecilia!- Gritó Daniela dando la espalda a Simón. Se levantó de la mesa mientras le daba un fuerte abrazo. Yo realmente no comprendía aquella relación, lo cierto es que nunca entendí la amistad entre mujeres. Me parecía una mentira ¡una farsa, un engaño! Las mujeres no pueden ser amigas, son individualistas por naturaleza, siempre lo pensaba y siempre lo decía en voz alta. Me gustaban las chicas que no entraban en cólera cuando exponía mi tesis sobre la amistad.
-La amistad es cosa de hombres- Exclamé mirando hacia el suelo.
-¿Qué, cómo? ¿Estás diciendo que las mujeres no podemos ser amigas?- Gritó Daniela con el rostro exaltado.
-Obviamente, lo digo…
-¡Tu eres tonto chaval!- Dijo Cecilia con las venas luchando por atravesar su piel. Lógicamente, era esa clase de chicas que detesto por su falta de originalidad. Porque no tenía sentido del humor y porque le faltaba cinismo. Poseía una facilidad para la guerra pasmosa. Era como un pajarillo subiendo a la tramposa rama de lo humano.
No pudo evitar que su deslizante y blanca piel se tornase rojo fuego, Cecilia me detestaba y eso me encantaba.
La noche comenzaba su andanza y nuestros corazones hambrientos de vida la esperaban con un nerviosismo sofocado. Daniela ya dejaba entrever el poder del alcohol sobre sus ojos. El vodka la poseía, la llevaba al terreno del frenesí, de lo onírico, aquella chica vivía las noches en una tremebunda y colorida pesadilla psicodélica.
A decir verdad todos bebían demasiado, Hermes empezaba a dibujar espirales sobre una servilleta mientras al otro lado Cecilia lo miraba con pupilas de erotismo perturbador.
Simón se hundía, se hundía al comprobar que Daniela vivía más para el desenfreno que para su corrompido y por que no decirlo, fracasado arte. Lo cierto es que yo me divertía, era todo un gozo atravesar las mentes, como un juez todopoderoso, como un narrador que intenta descubrir que ocurrirá con sus tristes y debilitados personajes.A las doce y treinta y tres minutos, con gotas de lluvia que posiblemente nos avisaban de una vorágine descomunal, se abrió de nuevo la puerta del café. Esta vez quién apareció tras ella no era ni Daniela, ni Cecilia ni Hermes, ninguno volvería a entrar por aquella puerta, ninguno cruzaría el umbral como estaban a punto de hacer aquella noche. Y es que por la puerta principal un grupo de desconocidos se encaramó hacia la barra formando un alboroto casi doloroso. Un grupo de cuatro o cinco personas más borrachas que nosotros, se disponían a situarse alrededor de la barra principal. Daniela se giró y los observó, parecía reconocer a alguien. Cecilia continuaba mirando a Hermes, éste le contaba con astucia su última hazaña mujeriega. A decir verdad, Hermes hablaba tan fuerte que no pudo evitar distraer a una de las chicas que había entrado con el grupo.
viernes, 20 de marzo de 2009
Carta a Gael
No es lo que pensáis, siento decepcionaros, pero no es lo que pensáis. Lo se Gael, no he tenido consideración, he sido un desalmado, un gamberro, una mala persona. Desde que guardé la chaqueta de pana negra lo he estado pensando. Mientras observaba el oxidado espejo del baño, cuando ordenaba las corbatas, los trastos viejos…me he escudriñado a mí mismo en tantas ocasiones que ya no me queda nada por descubrir.
Lo he guardado todo en cajas de cartón, en casa. He dejado una copia de las llaves bajo la alfombrilla, puedes quedarte con lo que quieras, el coche es tuyo, la colección de discos de vinilo también. Lo siento pero los rollos de película se los prometí a Angelique…por cierto, ¿Cómo está? Supongo que bien, sí, soy una mala persona ¡soy una mala persona! La culpa es mía, solo mía, pero vivir como un parásito es algo que mi mente ya no soporta. De todos modos siento decir que os equivocáis, no he dejado un bonito cadáver, no lo pienso hacer. Se que todos imaginabais un suicidio épico, una muerte estoica, ¡el nuevo Séneca! No, yo no quiero morir, yo simplemente huyo, huyo de todo, porque Nerón me persigue.
Pensarás que soy un cobarde Gael, se que lo piensas y te doy la razón, soy un cobarde mentiroso y cruel. Ahora te gustaría saber donde me encuentro, en que punto del mapa poso mis pies miserables mientras escribo ésta carta, pero ni siquiera yo mismo lo se, te podría decir que lejos, muy lejos, sólo veo montañas, bosques y laderas.
Aquí el aire es puro Gael, el aire es real, no vivo en una burbuja, en una nube de gas.
Se viejo amigo que ya me habías oído hablar de alguna que otra idea extraña. Pensamientos de volar y desaparecer tras el horizonte. Llevo tiempo ahorrando, esto no lo he planeado de la noche a la mañana. Gael, se que en el fondo me comprendes. ¿Y Angelique? Bueno, ella tal vez con el paso del tiempo…quien sabe, las mujeres nunca perdonan, las mujeres mueren con el rencor guardado en el corazón.
Aún recuerdo el día en que la conocí, sabías que me enamoraría de ella, había visto tantas películas sobre mujeres con acento francés fumando cigarrillos de liar que era cuestión de tiempo que mi delicado subconsciente no la descubriese en una calle solitaria de París. ¡Olalá! Siempre decía esa palabra, al principio, cuando ni siquiera nuestras manos se rozaban, cuando ni siquiera entendía una mísera palabra de lo que yo decía, ella siempre recitaba con graciosa voz un “¡Olalá!” embriagador.
Pero eso fue al principio de los tiempos, eso fue antes de que mi espesa mente se colapsara. Antes de que las noches frías y oscuras empezaran a ser frías y oscuras.
Se que piensas que soy estúpido, que tal vez esté atravesando una crisis pasajera, no, yo no tengo crisis, ¡esto es real! Por primera vez en mi vida he podido detener el tiempo, por primera vez he conseguido respirar y percatarme de que realmente estoy viviendo. Tu no has visto esto, tu nunca lo verás Gael, tu seguirás volviendo a casa cada noche con tu mujer y tus hijos y seguirás viendo el mismo programa de televisión. Y no te culpo, porque yo también añoro la televisión ¡Oh como la añoro maldita sea!
Gael, soy un cobarde miserable, pero si por algo he huido del mundo es porque realmente no lo soportaba más. ¡Yo soy un vitalista, yo no merezco quitarme la vida!
Simplemente es que el mundo me da miedo, me consumía, me devoraba.
Un día, mientras esperaba el metro me vi reflejado en una enorme cristalera, estaba solo, rodeado de cientos de personas, de miles, de millones de seres como yo, y seguía solo ¡Menuda farsa esta de las ciudades! ¡Como engañas Metrópolis!, con tus altos edificios de cristal, con tus cafés y tus restaurantes, con tus parques, con tus salas de ocio, con tus salas de conciertos, con tus discotecas colmadas de gente sola, sola sola.
Y es que verás Gael, a mi no me gusta tener un sentimiento hipócrita de soledad, yo prefiero la soledad real. Es esto justo lo que necesito, despertarme cada día tumbado en la hierba, ir al arroyo a nadar, caminar hasta cumbres borrascosas. Sí, es posible que un día vuelva, soy el tipo más inconstante que conozco, tal vez cuando lo haga sea demasiado tarde, tal vez vuelva como un naufrago olvidado, con una larga y espesa barba hasta la cintura. Espero que para entonces aún me recuerdes, Angelique ¡Oh Angelique! Si la hubiese conocido en mis años de juventud nada de esto habría ocurrido, pero ya es demasiado tarde Gael, ya mi “yo” está diversificado.
En el fondo he huido para ordenarme, para atrapar todas esas formas de “yo” que han ido desapareciendo de mí a lo largo de los años. Pienso encontrarlas una a una y ordenarlas, ponerlas una justo encima de las otras para que mi “yo” no sean varios, para que mi “yo” sea un “yo” único. Porque si yo no soy yo, ¿quien soy realmente?
Y es que yo me escapo porque en el fondo no tengo el valor suficiente de sobrevivir en esta jungla de asfalto. Porque sabes Gael, como yo, que lo importante en la vida no es la riqueza, ni la bondad, ni siquiera la inteligencia. Lo importante en esta existencia nuestra es el valor, el poder enfrentarse a los problemas, y a las situaciones adversas con todas las agallas que encontremos. Porque si un día en un incendio tuviésemos que quitarnos la chaqueta y rescatar a tal o cual chica dime, ¿Quién sería el primero que se atrevería? El caso es que yo me escapo para encontrar el valor, para encontrar la dignidad que a día de hoy he perdido por completo.
Y tu pensarás Gael que para mi problema lo mejor es un psicólogo o un psiquiatra o un psicoanalista ¡Dios santo que mas da! Que no hacía falta volverme un trotamundos, un indigente vestido con harapos sucios. Tú siempre lo miras todo por el lado científico de la vida Gael, pero no amigo, lo mío no es científico, lo mío es meta científico, o metafísico, o tal vez meta a secas, puedes quedarte con el nombre que más te plazca. Gael, lo que quiero decir es que lo mío va más allá de todo lo que puedas pensar.
Por otra parte quiero que sepas que te escribo como amigo, como compañero, porque eres el único que puede ponerse en mi lugar, aunque ni siquiera las razones que te haya dado sean razones suficientes para justificar mi fuga. Que te sirva al menos esta carta como mera señal de que sigo vivo, de que el mundo sigue sirviéndome de escenario, tanto a mí como a mis innumerables yo.
Por otro lado, es posible que no te vuelva a escribir, naturalmente porque el servicio de correos por estos parajes no abunda, porque por estas rutas salvajes sólo encuentro aves mensajeras, las cuales aún no he conseguido dominar del todo. Pero lo haré, algún día volveré a ser el niño que me vio nacer, el niño que volvió a la naturaleza, a hablar con los animales, a dar saltos hasta volar, a caerse sin hacerse daño, en definitiva a renacer, lejos muy lejos de todo aquello que a lo largo de mis cuarenta y cinco años me ha ido poseyendo, corrompiendo y desollando la piel. Lejos de toda moral, sólo con mi ética, con mi ética del deseo sin necesidad de pensar en nada ni en nadie, solo en mi. ¡Y es que me encanta ser un egoísta! En el fondo es lo que más me gusta.
Lo he guardado todo en cajas de cartón, en casa. He dejado una copia de las llaves bajo la alfombrilla, puedes quedarte con lo que quieras, el coche es tuyo, la colección de discos de vinilo también. Lo siento pero los rollos de película se los prometí a Angelique…por cierto, ¿Cómo está? Supongo que bien, sí, soy una mala persona ¡soy una mala persona! La culpa es mía, solo mía, pero vivir como un parásito es algo que mi mente ya no soporta. De todos modos siento decir que os equivocáis, no he dejado un bonito cadáver, no lo pienso hacer. Se que todos imaginabais un suicidio épico, una muerte estoica, ¡el nuevo Séneca! No, yo no quiero morir, yo simplemente huyo, huyo de todo, porque Nerón me persigue.
Pensarás que soy un cobarde Gael, se que lo piensas y te doy la razón, soy un cobarde mentiroso y cruel. Ahora te gustaría saber donde me encuentro, en que punto del mapa poso mis pies miserables mientras escribo ésta carta, pero ni siquiera yo mismo lo se, te podría decir que lejos, muy lejos, sólo veo montañas, bosques y laderas.
Aquí el aire es puro Gael, el aire es real, no vivo en una burbuja, en una nube de gas.
Se viejo amigo que ya me habías oído hablar de alguna que otra idea extraña. Pensamientos de volar y desaparecer tras el horizonte. Llevo tiempo ahorrando, esto no lo he planeado de la noche a la mañana. Gael, se que en el fondo me comprendes. ¿Y Angelique? Bueno, ella tal vez con el paso del tiempo…quien sabe, las mujeres nunca perdonan, las mujeres mueren con el rencor guardado en el corazón.
Aún recuerdo el día en que la conocí, sabías que me enamoraría de ella, había visto tantas películas sobre mujeres con acento francés fumando cigarrillos de liar que era cuestión de tiempo que mi delicado subconsciente no la descubriese en una calle solitaria de París. ¡Olalá! Siempre decía esa palabra, al principio, cuando ni siquiera nuestras manos se rozaban, cuando ni siquiera entendía una mísera palabra de lo que yo decía, ella siempre recitaba con graciosa voz un “¡Olalá!” embriagador.
Pero eso fue al principio de los tiempos, eso fue antes de que mi espesa mente se colapsara. Antes de que las noches frías y oscuras empezaran a ser frías y oscuras.
Se que piensas que soy estúpido, que tal vez esté atravesando una crisis pasajera, no, yo no tengo crisis, ¡esto es real! Por primera vez en mi vida he podido detener el tiempo, por primera vez he conseguido respirar y percatarme de que realmente estoy viviendo. Tu no has visto esto, tu nunca lo verás Gael, tu seguirás volviendo a casa cada noche con tu mujer y tus hijos y seguirás viendo el mismo programa de televisión. Y no te culpo, porque yo también añoro la televisión ¡Oh como la añoro maldita sea!
Gael, soy un cobarde miserable, pero si por algo he huido del mundo es porque realmente no lo soportaba más. ¡Yo soy un vitalista, yo no merezco quitarme la vida!
Simplemente es que el mundo me da miedo, me consumía, me devoraba.
Un día, mientras esperaba el metro me vi reflejado en una enorme cristalera, estaba solo, rodeado de cientos de personas, de miles, de millones de seres como yo, y seguía solo ¡Menuda farsa esta de las ciudades! ¡Como engañas Metrópolis!, con tus altos edificios de cristal, con tus cafés y tus restaurantes, con tus parques, con tus salas de ocio, con tus salas de conciertos, con tus discotecas colmadas de gente sola, sola sola.
Y es que verás Gael, a mi no me gusta tener un sentimiento hipócrita de soledad, yo prefiero la soledad real. Es esto justo lo que necesito, despertarme cada día tumbado en la hierba, ir al arroyo a nadar, caminar hasta cumbres borrascosas. Sí, es posible que un día vuelva, soy el tipo más inconstante que conozco, tal vez cuando lo haga sea demasiado tarde, tal vez vuelva como un naufrago olvidado, con una larga y espesa barba hasta la cintura. Espero que para entonces aún me recuerdes, Angelique ¡Oh Angelique! Si la hubiese conocido en mis años de juventud nada de esto habría ocurrido, pero ya es demasiado tarde Gael, ya mi “yo” está diversificado.
En el fondo he huido para ordenarme, para atrapar todas esas formas de “yo” que han ido desapareciendo de mí a lo largo de los años. Pienso encontrarlas una a una y ordenarlas, ponerlas una justo encima de las otras para que mi “yo” no sean varios, para que mi “yo” sea un “yo” único. Porque si yo no soy yo, ¿quien soy realmente?
Y es que yo me escapo porque en el fondo no tengo el valor suficiente de sobrevivir en esta jungla de asfalto. Porque sabes Gael, como yo, que lo importante en la vida no es la riqueza, ni la bondad, ni siquiera la inteligencia. Lo importante en esta existencia nuestra es el valor, el poder enfrentarse a los problemas, y a las situaciones adversas con todas las agallas que encontremos. Porque si un día en un incendio tuviésemos que quitarnos la chaqueta y rescatar a tal o cual chica dime, ¿Quién sería el primero que se atrevería? El caso es que yo me escapo para encontrar el valor, para encontrar la dignidad que a día de hoy he perdido por completo.
Y tu pensarás Gael que para mi problema lo mejor es un psicólogo o un psiquiatra o un psicoanalista ¡Dios santo que mas da! Que no hacía falta volverme un trotamundos, un indigente vestido con harapos sucios. Tú siempre lo miras todo por el lado científico de la vida Gael, pero no amigo, lo mío no es científico, lo mío es meta científico, o metafísico, o tal vez meta a secas, puedes quedarte con el nombre que más te plazca. Gael, lo que quiero decir es que lo mío va más allá de todo lo que puedas pensar.
Por otra parte quiero que sepas que te escribo como amigo, como compañero, porque eres el único que puede ponerse en mi lugar, aunque ni siquiera las razones que te haya dado sean razones suficientes para justificar mi fuga. Que te sirva al menos esta carta como mera señal de que sigo vivo, de que el mundo sigue sirviéndome de escenario, tanto a mí como a mis innumerables yo.
Por otro lado, es posible que no te vuelva a escribir, naturalmente porque el servicio de correos por estos parajes no abunda, porque por estas rutas salvajes sólo encuentro aves mensajeras, las cuales aún no he conseguido dominar del todo. Pero lo haré, algún día volveré a ser el niño que me vio nacer, el niño que volvió a la naturaleza, a hablar con los animales, a dar saltos hasta volar, a caerse sin hacerse daño, en definitiva a renacer, lejos muy lejos de todo aquello que a lo largo de mis cuarenta y cinco años me ha ido poseyendo, corrompiendo y desollando la piel. Lejos de toda moral, sólo con mi ética, con mi ética del deseo sin necesidad de pensar en nada ni en nadie, solo en mi. ¡Y es que me encanta ser un egoísta! En el fondo es lo que más me gusta.
lunes, 2 de marzo de 2009
Flujo de conciencia. Simón
Supongo que estas palabras van lanzadas a la nada, pues el blog que aquí relleno, parece estar cada día más muerto, a pesar de todo, su conservación es vital para mi persona. No podría vivir sin él, sin ordenar aquí todos y cada uno de mis "relatos", relatos ya, que ni siquiera son dignos de ser llamados de tal forma, quizá no-relatos sea la denominación adecuada. Y es que ya no escribo para terminar, escribo para vivir, supongo que así se hace el escritor, (quede claro que escritor es quién escribe, no quién publica y/o vende libros) de esta manera, y reanudando la marcha, dejo aquí el primero de una serie de monólogos interiores, formados por la mente de varios personajes de barrio, como el tuyo, como el mio, como el de cualquiera...
Simón
Si lo pienso bien, si de verdad me esfuerzo y cierro los ojos… puedo llegar a reconocer que no me gusta este lugar. Desde mi ventana sólo se aprecia la oscuridad. Seguramente viva en el último edificio, de la última calle, de la última ciudad ¿Y más allá que encuentro? ¡El vacío! ¡El puto vacío llamando a mi puerta!
Realmente no se si al resto de mis vecinos les asusta, tampoco es que me importe demasiado, seguramente mis vecinos sean gilipollas y ni siquiera lo sepan.
El caso es que a mí, la oscuridad me conmueve, me revuelve las tripas y no me deja respirar. Recuerdo la última vez que me acerqué hasta ella, hasta los límites del mundo, donde todo acaba, donde el velo oscuro de lo desconocido comienza.
Había una vieja parada de autobús, ¿es la última? Próxima parada ¡la nada! ¡Y un cuerno para vosotros! A mi no me obliga nadie a bajar, iré caminando yo solito hasta allí, haciendo como que no me importa, como si fuese un vecino iluso más.
Lo cierto es que al rozar mi mano con la verja, fría y rugosa, el mundo no me parece tan agradable. Ni siquiera la arena amarilla que resplandece con el sol puede verse en aquella oscuridad.
¿Y a veces me pregunto como el hombre continua el camino? yo mismo lo diré ¡el hombre prevalece! ¡El hombre, resiste y no se hunde! ¡Jamás! ¿Y los suicidas? ¡Bah! Los suicidas, esa voz mezquina que les guía…eso no es humano ¡no lo es! Pero yo les comprendo, es demasiado cruel vivir rodeado de tanta oscuridad, de tanto abismo demencial. Por la mañana al menos ves la arena, pero si te acercas a la frontera al atardecer, el corazón se vuelca, se niega a seguir palpitando. De noche, si prestas atención puedes diferenciar las luces del aeropuerto, de vez en cuando los aviones pasan bajo, pasan tan bajo que su luz ilumina la oscuridad, y entonces descubres, que allí, en lo profundo, las mujeres venden su carne, venden su alma.
¡Oh, supervivencia! Incluso las ves bailar, a pesar de los pesares, de las desgracias, de lo sucio, de lo grotesco, las mujeres bailan en la oscuridad. A veces pienso en la guerra, en los soldados jugando a las cartas entre batalla y batalla, bajo un mar de bombas ¡jugando a las cartas! Como si nada, ellas juegan a las cartas cada noche, aunque tengan que subir a un coche y agachar la cabeza. Entre las piernas, entre los muslos, ¡entre el ruin placer! Ellas conocen la oscuridad mejor que nadie, y yo me admiro por su fuerza.
Tal vez porque ellas mismas sean la noche, porque el color de su piel es negro como la muerte. Un día debo acercarme y hablar ¡sólo hablar! Pulsaré el botón y el desesperante autobús me dejará allí, en la nada. Y una de ellas me sorprenderá y me sonreirá, y entonces yo me asustaré. Lo se, me asusto mucho, tengo miedo. ¡Tengo miedo! Es normal, vivir en este lugar da pavor. Ni siquiera quedan azulejos en la pared. Se ve el esqueleto del edificio. Y yo antes correteaba por estas mismas calles, saltaba en los columpios oxidados, prevalecía, ¡Ahora también lo hago!, pero me permito al menos el gusto de admiradme, de no dar crédito a lo pensado, a lo visto. A que el paso del tiempo es cruel y los que no mueren se arrugan. ¡Que crueldad vivir aquí! ¡Que obsceno!
Simón
Si lo pienso bien, si de verdad me esfuerzo y cierro los ojos… puedo llegar a reconocer que no me gusta este lugar. Desde mi ventana sólo se aprecia la oscuridad. Seguramente viva en el último edificio, de la última calle, de la última ciudad ¿Y más allá que encuentro? ¡El vacío! ¡El puto vacío llamando a mi puerta!
Realmente no se si al resto de mis vecinos les asusta, tampoco es que me importe demasiado, seguramente mis vecinos sean gilipollas y ni siquiera lo sepan.
El caso es que a mí, la oscuridad me conmueve, me revuelve las tripas y no me deja respirar. Recuerdo la última vez que me acerqué hasta ella, hasta los límites del mundo, donde todo acaba, donde el velo oscuro de lo desconocido comienza.
Había una vieja parada de autobús, ¿es la última? Próxima parada ¡la nada! ¡Y un cuerno para vosotros! A mi no me obliga nadie a bajar, iré caminando yo solito hasta allí, haciendo como que no me importa, como si fuese un vecino iluso más.
Lo cierto es que al rozar mi mano con la verja, fría y rugosa, el mundo no me parece tan agradable. Ni siquiera la arena amarilla que resplandece con el sol puede verse en aquella oscuridad.
¿Y a veces me pregunto como el hombre continua el camino? yo mismo lo diré ¡el hombre prevalece! ¡El hombre, resiste y no se hunde! ¡Jamás! ¿Y los suicidas? ¡Bah! Los suicidas, esa voz mezquina que les guía…eso no es humano ¡no lo es! Pero yo les comprendo, es demasiado cruel vivir rodeado de tanta oscuridad, de tanto abismo demencial. Por la mañana al menos ves la arena, pero si te acercas a la frontera al atardecer, el corazón se vuelca, se niega a seguir palpitando. De noche, si prestas atención puedes diferenciar las luces del aeropuerto, de vez en cuando los aviones pasan bajo, pasan tan bajo que su luz ilumina la oscuridad, y entonces descubres, que allí, en lo profundo, las mujeres venden su carne, venden su alma.
¡Oh, supervivencia! Incluso las ves bailar, a pesar de los pesares, de las desgracias, de lo sucio, de lo grotesco, las mujeres bailan en la oscuridad. A veces pienso en la guerra, en los soldados jugando a las cartas entre batalla y batalla, bajo un mar de bombas ¡jugando a las cartas! Como si nada, ellas juegan a las cartas cada noche, aunque tengan que subir a un coche y agachar la cabeza. Entre las piernas, entre los muslos, ¡entre el ruin placer! Ellas conocen la oscuridad mejor que nadie, y yo me admiro por su fuerza.
Tal vez porque ellas mismas sean la noche, porque el color de su piel es negro como la muerte. Un día debo acercarme y hablar ¡sólo hablar! Pulsaré el botón y el desesperante autobús me dejará allí, en la nada. Y una de ellas me sorprenderá y me sonreirá, y entonces yo me asustaré. Lo se, me asusto mucho, tengo miedo. ¡Tengo miedo! Es normal, vivir en este lugar da pavor. Ni siquiera quedan azulejos en la pared. Se ve el esqueleto del edificio. Y yo antes correteaba por estas mismas calles, saltaba en los columpios oxidados, prevalecía, ¡Ahora también lo hago!, pero me permito al menos el gusto de admiradme, de no dar crédito a lo pensado, a lo visto. A que el paso del tiempo es cruel y los que no mueren se arrugan. ¡Que crueldad vivir aquí! ¡Que obsceno!
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