lunes, 6 de abril de 2009

El gusto de la nada. Parte I


Este humo desolador ya no me soporta. Mis sentidos se acostumbran, mi olfato lo expulsa, apenas deja pasar un mísero brote de vapor. Este autobús de mierda me descompone el estómago, sobre todo los martes, no se que ocurre los martes pero me devasta, me corrompe, me desconcierta su interior, con sus pintadas en las cristaleras, con sus periódicos del día anterior reclinados sobre los asientos. En realidad es la gente quien compone el lienzo, quiero decir, son todos los viajeros, subiendo y bajando compulsivamente quienes hacen que la línea veintiocho con dirección a la alameda principal sea un paréntesis en esta existencia vital, tan llena de vida y a la vez tan llena de muerte. Porque el sol entra por el ventanal mientras el aire templado acaricia tu cara, lleno de muerte, pues porque…porque seguramente nunca han subido a un autobús un martes a mediodía. A esa hora todo son arrugas y dentaduras postizas, y lo mejor será que no levantes la cabeza, que sigas perdiéndote en los versos de tu libro, de tu libro de poeta alcohólico, de Faulkner o de Celine o de cualquier otro desgraciado, mejor que levantar la vista y observar la decrepitud en persona.
En cambio, me encanta viajar en autobús los viernes por la tarde, prefiero la línea 27 con destino a la plaza norte. Me he fijado que todas aquellas despampanantes mujeres acaban sentándose en el primer asiento, justo en aquel que descansa detrás del conductor. Si una mujer de piernas largas, culo prieto y busto redondo entra en un autocar, lo más probable es que acabe sentada en el asiento delantero, ese que encuentras a tu derecha cuando pagas el viaje. ¡Dios mío! Allí siempre está ella, no importa que sea rubia o morena, que lleve el pelo ondulado o tenga pecas dispersas por el pecho ¡Adoro las pecas! Sobre todo si son el pecho.
Un día, mientras volvía a casa una de esas chicas se sentó a mi lado. Era joven, tal vez no superaba los treinta, pelo castaño, casi pelirrojo, menudas piernas, menudo culo ¡menudo rostro! Hablaba por el móvil, la verdad es que nunca hago caso a conversaciones ajenas, pero con ella…con ella debía detenerme, debía suspirar y aventurarme a comprobar que seguramente aquella mujer también era gilipollas. No me gusta pensar así del mundo, quiero decir, no quiero creer que la mayoría de las personas que pueblan la ciudad sean imbéciles, tal vez yo también lo sea pero me cuesta reconocerlo. De hecho creo que soy estúpido, el más estúpido de todos. Me avergüenza reconocerlo, soy gilipollas si, tengo el diploma de subnormal profundo colgado sobre mi escritorio. Cada mañana cuando me levanto y poso los pies sobre el frío mármol allí está, esperándome, recordándome que tengo el premio al tipo más gilipollas de la ciudad. Al principio me molestaba, ya no. Tampoco está tan mal ser un completo idiota.
Por ejemplo, puedes subir al autobús y sentarte donde te de la gana, como eres gilipollas, los otros idiotas creerán que su deber es ceder el sitio a aquel que está por debajo de su nivel. También puedes girar los ojos hacia el escote de la pelirroja y hacer como que eres tonto, como si en realidad en vez de estar mirándole las tetas, estuvieses mirando un enorme cucurucho de chocolate, o para ser más exacto, dos globos de feria que como buen subnormal que eres deseas con todas tus ansias.
Yo soy así, no soy culpable de ello, de hecho, ni siquiera se como conseguí el puesto de funcionario en la biblioteca pública. No tengo ni la menor idea. Llego cada mañana y me siento en mi mesa, allí siempre tengo algunos formularios que rellenar, poca cosa. Luego me levanto y paseo entre las filas de libros arrumbados uno junto al otro. De vez en cuando algún lector perdido me busca para solicitar ayuda, tiene gracia, un subnormal ayudando a buscar un libro. El caso es que al final siempre encuentro lo que quieren, tal vez no sea tan tonto.
Mi turno acaba a las dos, a esa hora, seguramente a las dos y media para ser más exactos, pues siempre paso por el baño antes de salir, y saludo a las chicas de los préstamos, me dirijo hacia mi parada. Línea 28, otra vez… ¡pero no es mediodía! Son casi las tres y a esa hora el ambiente es recargado, demasiado recargado para mi gusto. A veces debo ir de pie, me canso, apenas rozo los cuarenta y ya me canso. Muchas veces el sudor me recorre la tela de la camisa y un escozor desagradable me conmueve el cuerpo. Entonces me gustaría gritar y dar puñetazos al aire, pero no puedo, porque en el fondo parezco un hombre serio y educado y porque en el fondo, debo seguir guardando la compostura.
Pero justamente da la casualidad que hoy el autobús va prácticamente vacío, tengo libertad para elegir donde sentarme. Hay gente que cambia tres veces de asiento antes de acomodarse definitivamente, yo no, yo si me siento ya no me mueve ni el dedo castigador de Dios. Y si un viejo se acerca, pongo cara de subnormal y espero hasta solicitar mi parada. El otro día me vi, habían puesto mi cara justamente al lado del pictograma de la mujer embarazada. El cartel era azul, y junto al de personas mayores y discapacitados físicos estaba yo, mi cara, mis ojos, debían cederme el sitio porque era el ganador al tipo más gilipollas de la ciudad.
El caso es que aquel día, justo el día en el que todos los asientos están vacíos, una chica rubia, muy guapa, se ha sentado en mi sitio habitual, si, ese que queda casi al final del autocar, son asientos de cuatro, dos mirando hacia el frente y dos mirando atrás, yo siempre me sentaba en el que daba al frente, junto a la ventana. Allí nunca me mareo, allí puedo leer tranquilo, y si la lectura me cansa miro por la ventana para disfrutar de mi original y nunca vista ciudad. Ando por el estrecho pasillo y entonces allí está ella, con sus elegantes piernas apoyadas contra el asiento del frente, a su lado, un asiento completamente libre, y al otro extremo, la misma situación, claro que en el otro extremo tengo la incomodidad de ir de espaldas al trayecto. Entonces la miro y por un momento me siento culpable de acomodarme a su lado, podría pensar que teniendo todo el autobús para mí, me siento a su lado porque soy un pervertido o porque simplemente quiero oler su esencia. ¡No me importa! ¿Es qué acaso por que sea guapa ya tiene todo el derecho del mundo? ¿Acaso no soy yo un ser humano igual que ella?

-Yo me siento a su lado señorita, simplemente porque usted me ha robado mi sitio, no porque sea un bombón y necesite de su presencia- Ella me mira con cara de no entender un carajo de lo que digo, tal vez sea extranjera, o tal vez también sea gilipollas, no sería raro. Entonces miro al frente, delante mía hay otra chica joven, sólo la veo de espaldas, concretamente le miro una constelación de lunares en sus hombros. Viaja sola, un viejo entra por la puerta, recorre el mismo pasillo que yo y mira a su derecha donde está la chica, a su izquierda tiene dos asientos vacíos, completamente vacíos ¿Adivino dónde se va a sentar? Me aventuro y acierto, justamente su culo va a parar al lado de la chica. Pero no es extraño, es un viejo y la chica es guapa, es fácil mirar mal, pero…la vejez es una crueldad irremediable. Da igual que hayas sido un cabronazo toda tu vida, si Hitler hubiese llegado a los noventa seguramente ahora parecería un tipo entrañable. Las arrugas engañan, el pelo blanco también.


3 comentarios:

Mirthas dijo...

No sé si iba con esta intención, pero me he reido mucho.

Anónimo dijo...

Últimamente estoy muy cómico, de hecho, la gente siempre se ha reido mucho con mis ideas, incluso cuando las digo totalmente en serio...

j.blesa dijo...

Pues a mi no me ha hecho gracia. De verdad, de hecho me ha parecido duro, quizás demasiado duro para un relato, quizás la gravedad se lenificaría si fuese novela corta, quizás...