Supongo que estas palabras van lanzadas a la nada, pues el blog que aquí relleno, parece estar cada día más muerto, a pesar de todo, su conservación es vital para mi persona. No podría vivir sin él, sin ordenar aquí todos y cada uno de mis "relatos", relatos ya, que ni siquiera son dignos de ser llamados de tal forma, quizá no-relatos sea la denominación adecuada. Y es que ya no escribo para terminar, escribo para vivir, supongo que así se hace el escritor, (quede claro que escritor es quién escribe, no quién publica y/o vende libros) de esta manera, y reanudando la marcha, dejo aquí el primero de una serie de monólogos interiores, formados por la mente de varios personajes de barrio, como el tuyo, como el mio, como el de cualquiera...
Simón
Si lo pienso bien, si de verdad me esfuerzo y cierro los ojos… puedo llegar a reconocer que no me gusta este lugar. Desde mi ventana sólo se aprecia la oscuridad. Seguramente viva en el último edificio, de la última calle, de la última ciudad ¿Y más allá que encuentro? ¡El vacío! ¡El puto vacío llamando a mi puerta!
Realmente no se si al resto de mis vecinos les asusta, tampoco es que me importe demasiado, seguramente mis vecinos sean gilipollas y ni siquiera lo sepan.
El caso es que a mí, la oscuridad me conmueve, me revuelve las tripas y no me deja respirar. Recuerdo la última vez que me acerqué hasta ella, hasta los límites del mundo, donde todo acaba, donde el velo oscuro de lo desconocido comienza.
Había una vieja parada de autobús, ¿es la última? Próxima parada ¡la nada! ¡Y un cuerno para vosotros! A mi no me obliga nadie a bajar, iré caminando yo solito hasta allí, haciendo como que no me importa, como si fuese un vecino iluso más.
Lo cierto es que al rozar mi mano con la verja, fría y rugosa, el mundo no me parece tan agradable. Ni siquiera la arena amarilla que resplandece con el sol puede verse en aquella oscuridad.
¿Y a veces me pregunto como el hombre continua el camino? yo mismo lo diré ¡el hombre prevalece! ¡El hombre, resiste y no se hunde! ¡Jamás! ¿Y los suicidas? ¡Bah! Los suicidas, esa voz mezquina que les guía…eso no es humano ¡no lo es! Pero yo les comprendo, es demasiado cruel vivir rodeado de tanta oscuridad, de tanto abismo demencial. Por la mañana al menos ves la arena, pero si te acercas a la frontera al atardecer, el corazón se vuelca, se niega a seguir palpitando. De noche, si prestas atención puedes diferenciar las luces del aeropuerto, de vez en cuando los aviones pasan bajo, pasan tan bajo que su luz ilumina la oscuridad, y entonces descubres, que allí, en lo profundo, las mujeres venden su carne, venden su alma.
¡Oh, supervivencia! Incluso las ves bailar, a pesar de los pesares, de las desgracias, de lo sucio, de lo grotesco, las mujeres bailan en la oscuridad. A veces pienso en la guerra, en los soldados jugando a las cartas entre batalla y batalla, bajo un mar de bombas ¡jugando a las cartas! Como si nada, ellas juegan a las cartas cada noche, aunque tengan que subir a un coche y agachar la cabeza. Entre las piernas, entre los muslos, ¡entre el ruin placer! Ellas conocen la oscuridad mejor que nadie, y yo me admiro por su fuerza.
Tal vez porque ellas mismas sean la noche, porque el color de su piel es negro como la muerte. Un día debo acercarme y hablar ¡sólo hablar! Pulsaré el botón y el desesperante autobús me dejará allí, en la nada. Y una de ellas me sorprenderá y me sonreirá, y entonces yo me asustaré. Lo se, me asusto mucho, tengo miedo. ¡Tengo miedo! Es normal, vivir en este lugar da pavor. Ni siquiera quedan azulejos en la pared. Se ve el esqueleto del edificio. Y yo antes correteaba por estas mismas calles, saltaba en los columpios oxidados, prevalecía, ¡Ahora también lo hago!, pero me permito al menos el gusto de admiradme, de no dar crédito a lo pensado, a lo visto. A que el paso del tiempo es cruel y los que no mueren se arrugan. ¡Que crueldad vivir aquí! ¡Que obsceno!
lunes, 2 de marzo de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
Sinfonía de navidad. Final.

-¿No te apetece cenar?- Dijo Sebastián con una sonrisa estúpida en la cara.
-Claro, estoy hambrienta- Contestó Lulú entusiasmada. En el fondo le había caído bien aquel tipo, parecía agradable, tal vez demasiado tímido. A este paso no llegarían nunca a la cama…
-He cocinado langosta, ¿Te gusta? También he preparado algunos canapés.
-¡Estupendo!-Voy a ir probando- Lulú se acercó a la mesa. Clipo la miraba con desconfianza. Sebastián la deseaba, la deseaba, ¡La deseaba ya! No podía esperar más, quería tocarla, quería acostarse con ella. Ni pagando le salían bien las cosas. En realidad confiaba en que ella se acercara primero. Por eso no intentó besarla. Esperaría a cenar. Lo curioso es que el tiempo voló egoístamente. Una velada estupenda, hablaron de música, de arte, de la vida…aquella mujer era una puta si, pero menuda puta.
-Oye... ¿quieres que vayamos al dormitorio?- Preguntó Lulú. Sebastián no contestó.
Se agarraron las manos. Clipo miraba la imagen desde el suelo. Juntos desaparecieron por el pasillo. En efecto, aquello era como la primera vez.
Luego se tiraron en la cama. Todo era perfecto, ¡Que bonito! Que maravillosa historia de amor, falsa pero encantadora. Justo lo que necesitaba, justo lo que desde hacia tanto tiempo ansiaba. Lo que Sebastián ignoraba es que Lulú se sentía insoportablemente cómoda con él. Nunca lo sabría. Aquella situación era diferente al resto. Sebastián no era como los demás hombres, no era como las demás personas, era un ser especial. Lulú lo pensaba mientras se ponía sobre él. No se lo dijo, nunca lo sabría, nunca lo sabría.
Hicieron el amor salvajemente como dos enamorados ardientes. Sebastián se emocionó.
Entonces llamaron a la puerta. La última noche del año, y alguien, además de ellos no estaba en casa preparándose para recibir el año nuevo.
-¿Quién podrá ser a estas horas?-Preguntó Sebastián perplejo. Lo cierto es que además de extrañado estaba jodido, y más jodido de lo que creía. Le habían interrumpido en uno de los mejores momentos de sus últimos siete años. La televisión del vecino se escuchaba. Las campanadas romperían en breve dando la bienvenida al nuevo milenio.
Sebastián buscó las zapatillas y se dispuso abrir.
-¡No abras Sebastián!- Gritó Lulú agarrándolo del brazo.
-¿Por qué no? Insisten demasiado, puede ser una emergencia…
-¡No lo es, estoy segura!
-Puede que el edificio esté en llamas, vamos Lulú, ¡sueltame el brazo!
Clipo ladró, y entonces Jerry Lee Lewis volvió a cantar, debían arreglar aquel tocadiscos. Sebastián caminó hacía la entrada y abrió la puerta. Lo que encontró tras ella desapareció rápido de su campo de visión, un gran puño, tosco, grueso y animal rompió su nariz. Sebastián se desvaneció en el suelo. La sangre brotaba como un poema celestial. Un mastodonte de al menos veinte metros de altura lo pisó cruelmente colándose hacia el interior. Clipo seguía ladrando.
-Vale capullo, ¿Dónde está Lulú?- Preguntó el gorila limpiándose de sangre su horrible traje rosa. Sebastián lo miró sin contestar. El mastodonte caminó hacía la habitación, allí estaba Lulú, desnuda, tapándose ligeramente los senos con una horrible manta azul.- ¡Vamos vistete puta, nos vamos!
-¡Yo no voy a ninguna parte!- Exclamó Lulú desafiante. Entonces el gorila encolerizó agarrando por el brazo a su chica. ¡Tú y yo nos vamos de aquí, y hasta que no me pagues lo que me debes no te vas a ninguna parte!
-Jajajaja, ¿Dónde te has comprado ese traje rosa tan espantóso?- Esta frase hirió sensiblemente aquel cuerpo colosal. El gorila no sonrió y miró hacia el suelo. Lulú sintió lástima, al fin y al cabo era su protector- ¡Vámonos anda!- Dijo ésta resignada. Buscó su ropa y salió por la puerta, junto al gorila. Sebastián continuaba tirado en el suelo. Lulú lo miró, sintió lástima. Se agachó y lo besó en la frente.
-Lo he pasado bien esta noche, gracias- Luego se incorporó y agarró al mastodonte del brazo, juntos salieron riendo. La última campanada se oía en la televisión del vecino, después vinieron los fuegos artificiales.
Clipo no era un perro valiente, se acercó a su dueño y rascándose la cabeza con la pata izquierda se tumbó a su lado. Los dos miraban al techo esperando encontrar respuesta. El disco había terminado, la radio se encendió automáticamente. Sonaba “Cant make a Sound” La voz hiriente de Elliot Smith otorgaba un final trágico al momento. Después Sebastián pensó en lo patética que podía llegar a ser la vida, entonces la guitarra eléctrica hizo un solo. Sebastián miró hacia arriba y sonrió.
-Claro, estoy hambrienta- Contestó Lulú entusiasmada. En el fondo le había caído bien aquel tipo, parecía agradable, tal vez demasiado tímido. A este paso no llegarían nunca a la cama…
-He cocinado langosta, ¿Te gusta? También he preparado algunos canapés.
-¡Estupendo!-Voy a ir probando- Lulú se acercó a la mesa. Clipo la miraba con desconfianza. Sebastián la deseaba, la deseaba, ¡La deseaba ya! No podía esperar más, quería tocarla, quería acostarse con ella. Ni pagando le salían bien las cosas. En realidad confiaba en que ella se acercara primero. Por eso no intentó besarla. Esperaría a cenar. Lo curioso es que el tiempo voló egoístamente. Una velada estupenda, hablaron de música, de arte, de la vida…aquella mujer era una puta si, pero menuda puta.
-Oye... ¿quieres que vayamos al dormitorio?- Preguntó Lulú. Sebastián no contestó.
Se agarraron las manos. Clipo miraba la imagen desde el suelo. Juntos desaparecieron por el pasillo. En efecto, aquello era como la primera vez.
Luego se tiraron en la cama. Todo era perfecto, ¡Que bonito! Que maravillosa historia de amor, falsa pero encantadora. Justo lo que necesitaba, justo lo que desde hacia tanto tiempo ansiaba. Lo que Sebastián ignoraba es que Lulú se sentía insoportablemente cómoda con él. Nunca lo sabría. Aquella situación era diferente al resto. Sebastián no era como los demás hombres, no era como las demás personas, era un ser especial. Lulú lo pensaba mientras se ponía sobre él. No se lo dijo, nunca lo sabría, nunca lo sabría.
Hicieron el amor salvajemente como dos enamorados ardientes. Sebastián se emocionó.
Entonces llamaron a la puerta. La última noche del año, y alguien, además de ellos no estaba en casa preparándose para recibir el año nuevo.
-¿Quién podrá ser a estas horas?-Preguntó Sebastián perplejo. Lo cierto es que además de extrañado estaba jodido, y más jodido de lo que creía. Le habían interrumpido en uno de los mejores momentos de sus últimos siete años. La televisión del vecino se escuchaba. Las campanadas romperían en breve dando la bienvenida al nuevo milenio.
Sebastián buscó las zapatillas y se dispuso abrir.
-¡No abras Sebastián!- Gritó Lulú agarrándolo del brazo.
-¿Por qué no? Insisten demasiado, puede ser una emergencia…
-¡No lo es, estoy segura!
-Puede que el edificio esté en llamas, vamos Lulú, ¡sueltame el brazo!
Clipo ladró, y entonces Jerry Lee Lewis volvió a cantar, debían arreglar aquel tocadiscos. Sebastián caminó hacía la entrada y abrió la puerta. Lo que encontró tras ella desapareció rápido de su campo de visión, un gran puño, tosco, grueso y animal rompió su nariz. Sebastián se desvaneció en el suelo. La sangre brotaba como un poema celestial. Un mastodonte de al menos veinte metros de altura lo pisó cruelmente colándose hacia el interior. Clipo seguía ladrando.
-Vale capullo, ¿Dónde está Lulú?- Preguntó el gorila limpiándose de sangre su horrible traje rosa. Sebastián lo miró sin contestar. El mastodonte caminó hacía la habitación, allí estaba Lulú, desnuda, tapándose ligeramente los senos con una horrible manta azul.- ¡Vamos vistete puta, nos vamos!
-¡Yo no voy a ninguna parte!- Exclamó Lulú desafiante. Entonces el gorila encolerizó agarrando por el brazo a su chica. ¡Tú y yo nos vamos de aquí, y hasta que no me pagues lo que me debes no te vas a ninguna parte!
-Jajajaja, ¿Dónde te has comprado ese traje rosa tan espantóso?- Esta frase hirió sensiblemente aquel cuerpo colosal. El gorila no sonrió y miró hacia el suelo. Lulú sintió lástima, al fin y al cabo era su protector- ¡Vámonos anda!- Dijo ésta resignada. Buscó su ropa y salió por la puerta, junto al gorila. Sebastián continuaba tirado en el suelo. Lulú lo miró, sintió lástima. Se agachó y lo besó en la frente.
-Lo he pasado bien esta noche, gracias- Luego se incorporó y agarró al mastodonte del brazo, juntos salieron riendo. La última campanada se oía en la televisión del vecino, después vinieron los fuegos artificiales.
Clipo no era un perro valiente, se acercó a su dueño y rascándose la cabeza con la pata izquierda se tumbó a su lado. Los dos miraban al techo esperando encontrar respuesta. El disco había terminado, la radio se encendió automáticamente. Sonaba “Cant make a Sound” La voz hiriente de Elliot Smith otorgaba un final trágico al momento. Después Sebastián pensó en lo patética que podía llegar a ser la vida, entonces la guitarra eléctrica hizo un solo. Sebastián miró hacia arriba y sonrió.
martes, 20 de enero de 2009
Sinfonía de navidad. Parte V

Sebastián miró hacia la ventana, por un instante pensó en tirarse de cabeza y huir de aquella situación. Escapar era una idea que siempre rondaba su cabeza, el caso es que nunca supo como hacerlo. El timbre sonó, otra vez. Clipo ladró con rabia. Sebastián se levantó y abrió. Allí estaba ella, tan hermosa como imaginaba.
Ni siquiera sabía su nombre.
-¡Hola, soy Lulú!- Ya está, ya lo sabía. Lulú era muy guapa para su edad, superaba los cuarenta. Tenía una gran sonrisa en la cara. Sebastián seguía paralizado, asustado.-Bueno que, ¿me dejas pasar?
-¡Guau!- Avisó Clipo.
-Claro, pasa…- Contestó Sebastián irremediablemente frío.
-Eh, me gusta tu casa, es muy acogedora.
-¡Guau!
-Eh…
-¡Guau, Guau!
-¿De veras te gusta? La he decorado yo mismo a lo largo de los años. Aquí resido desde joven, vivía con mamá, después murió y remodelé la casa al completo.
-¿En serio? ¿No queda nada de tu vida anterior?
-¡No, claro que no! Cuando alguien muere hay que pasar página, acabas de viajar al futuro, ya, por más que lo desees, no volverá tu vida pasada.
-Vaya…-Exclamó Lulú pensativa. Llevaba dos minutos con aquel tipo y ya estaba hablándole de la muerte. ¡Menuda suerte tenia últimamente con los clientes! Los había conocido raros y más raros, este sin duda era del segundo grupo.
-Oye, ¿Te apetece beber algo? ¿Una copa?- Dijo Sebastián interrumpiendo ilusamente los pensamientos de Lulú. Clipo lo miraba orgulloso, al fin había despertado.
-Vodka con soda por favor- Contestó Lulú quitándose el abrigo.
Sebastián se movió de un salto hasta el mueble bar, Clipo subió al sofá.
-¡Clipo! ¿Qué haces? Baja de ahí inmediatamente, lo llenarás todo de pelo…
-¡Será gilipollas!- Pensó Clipo, ¿Desde cuando le había prohibido subir al sofá? Luego pensó que aquella fulana tenía la culpa de todo, si ella no hubiese aparecido ahora estaría revolcándose en su cojín tranquilamente.
-¡Clipo al suelo!- Gritó Sebastián.
¿Pero por qué le trataba como a un perro? Nunca lo había hecho. Clipo pensaba y pensaba mientras bajaba al suelo, hasta que aquella mujer lo interrumpió.
-¡Oye, no me has dicho como te llamas!
-Soy Sebastián- Dijo este con semblante serio.
-Encantada Sebastián- Lulú extendió su mano. La estrecharon. Es paradójico que dos personas que están a punto de intercambiar fluidos se aprieten la mano como si estuviesen firmando un tratado de paz. ¡Paz! Aquella noche no habría paz, era guerra lo que estaban firmando.
Lulú merodeó por el salón hasta llegar a los discos de vinilo.
-Eh, ¿Coleccionas discos de vinilo?
-Si, es una afición que tengo desde muy joven…
-Me encanta, ¡Me encanta la música! ¿Podrías poner alguno?
-Claro, elige el que quieras…
Lulú paseó la mirada, había demasiados… finalmente encontró justo el que quería.
Era uno de Jerry Lee Lewis, no se fijó en el nombre, pero lo que si vió es que Whole Lotta Shakin Going On era una de las canciones que podía oír.
-¡Quiero este!
-Buena elección Lulú- Contestó Sebastián. Se acercó a ella y le dio la copa. Después puso el disco. Clipo los miraba. Lulú se sentó a beber y miró la mesa llena de comida.
-¡Oh! ¿Todo esto lo has preparado tú?
Sebastián se sonrojó y asintió con la mirada- Es fin de año, algo especial habrá que hacer.
-Eres un encanto de hombre-Exclamó Lulú.
Sebastián pensó que aquella mujer era tan falsa como la nieve de su árbol de navidad. Pero al fin y al cabo ¿qué esperaba? Aquella situación estaba comprada, ella no estaba allí por él, lo estaba por un módico precio. Y hubiese preparado una cena o no, Lulú habría dicho igualmente que él era un tipo encantador.
Lázaro entró en el centro comercial. Su traje de Papá Noel cada vez parecía más naranja, incluso le dio la sensación de que era amarillo. Con paso tranquilo pasó frente al Mcdonalds y la tienda de cosméticos. Luego llegó a su sección “Perfumes”, allí no estaba Marisa, pero estaba el encargado, concretamente el capullo del encargado.
Lázaro rascó su espesa barba y suspiró. Aquel capullo ya lo había visto.
-¿Pero que broma es esta imbécil?
-¿A ti que te parece hijoputa?- Contestó Lázaro con los glóbulos rojos volando por su interior.
-¿Estás borracho?
-Es posible, estar borracho, no estarlo ¿Acaso importa?
-Eres un despojo humano Lázaro. Mírate, cada día que pasa vives menos, eres un muerto andante. Un zombi, ¿Qué sentido tiene una vida cuando la pasas vestido de Santa Claus y enganchado a una botella? Si al menos el traje fuera decente...- El encargado sonrió- ¿Para que has venido Lázaro? Tal vez quieras despedirte, porque te comunico que no hace falta que aparezcas por aquí el lunes. Ya se acaba la navidad y no nos hace falta un empleaducho como tú…
La gente compraba y compraba..., Lázaro estaba inmóvil, frente a su gacela.
-Pobre gacela…gacelita, te voy a comer- Pensaba su cerebro a punto de estallar.
Gacelita, gacelita, te voy a comer, te voy a zampar, te voy a devorar…
Lázaro vacilaba, tenía los ojos idos, casi en blanco. El encargado lo miraba perplejo.
Allí permanecían los dos quietos, sin que el mundo supiera que estaban allí.
Entonces Lázaro dijo...
-Gacelita…
Y el encargado respondió…
-¿Qué?
Y de Lázaro sonó un estruendo, un ruido que pareció hacer Bang.
Auhh-Gimió estúpidamente el gran jefazo. Luego se llevó la mano al estómago, brotaba sangre. ¡Ni siquiera parecía sangre!, era como un bote Ketchup reventado. Claro, aquel tipo no podía tener sangre en el cuerpo, aquel tío apestaba a Ketchup, era mierda artificial, era un subproducto sin corazón ni cerebro. Diseñado para mandar, diseñado para consumir.
Lázaro se asustó. Estaba pensando demasiadas estupideces, sería cosa de la bebida. Lo único que oía era gente gritando de un lado hacia otro. El encargado se desplomó.
-¡Suelta el arma!- Dijo una voz desde el más allá. ¿Sería Dios? Lázaro se giró para ver.
-¡Oh no!- Era un guardia de Seguridad gordinflón y aun más acabado que él. Sólo había que mirarle la cara para ver lo muy acojonado que estaba. Pobrecillo, apuntaba con la pistola temblándole las manos.
-¡Quieto o disparo!
-¿Quieto o disparo? ¡Que poca gracia coño! ¡Ese tío había visto muy pocas películas! ¿No sabía que a la hora de apuntar siempre hay que hacerlo con estilo? Ni siquiera tenía girada un poco el arma.
Lázaro volvió a sonreír y apuntó a aquel tipo. No quería dispararle, a él no, en el fondo era su hermano. Pero aquel hermano no lo amaba tanto, al menos eso demostró clavándole tres tiros en el hombro. Lázaro se desvaneció. La navidad había acabado.
Miró al techo, un globo con la cabeza del ratón Mickey volaba hacia arriba. El globo le devolvió la mirada desde arriba. Allí estaba él, era el protagonista, con su original y nunca visto traje naranja.
Ni siquiera sabía su nombre.
-¡Hola, soy Lulú!- Ya está, ya lo sabía. Lulú era muy guapa para su edad, superaba los cuarenta. Tenía una gran sonrisa en la cara. Sebastián seguía paralizado, asustado.-Bueno que, ¿me dejas pasar?
-¡Guau!- Avisó Clipo.
-Claro, pasa…- Contestó Sebastián irremediablemente frío.
-Eh, me gusta tu casa, es muy acogedora.
-¡Guau!
-Eh…
-¡Guau, Guau!
-¿De veras te gusta? La he decorado yo mismo a lo largo de los años. Aquí resido desde joven, vivía con mamá, después murió y remodelé la casa al completo.
-¿En serio? ¿No queda nada de tu vida anterior?
-¡No, claro que no! Cuando alguien muere hay que pasar página, acabas de viajar al futuro, ya, por más que lo desees, no volverá tu vida pasada.
-Vaya…-Exclamó Lulú pensativa. Llevaba dos minutos con aquel tipo y ya estaba hablándole de la muerte. ¡Menuda suerte tenia últimamente con los clientes! Los había conocido raros y más raros, este sin duda era del segundo grupo.
-Oye, ¿Te apetece beber algo? ¿Una copa?- Dijo Sebastián interrumpiendo ilusamente los pensamientos de Lulú. Clipo lo miraba orgulloso, al fin había despertado.
-Vodka con soda por favor- Contestó Lulú quitándose el abrigo.
Sebastián se movió de un salto hasta el mueble bar, Clipo subió al sofá.
-¡Clipo! ¿Qué haces? Baja de ahí inmediatamente, lo llenarás todo de pelo…
-¡Será gilipollas!- Pensó Clipo, ¿Desde cuando le había prohibido subir al sofá? Luego pensó que aquella fulana tenía la culpa de todo, si ella no hubiese aparecido ahora estaría revolcándose en su cojín tranquilamente.
-¡Clipo al suelo!- Gritó Sebastián.
¿Pero por qué le trataba como a un perro? Nunca lo había hecho. Clipo pensaba y pensaba mientras bajaba al suelo, hasta que aquella mujer lo interrumpió.
-¡Oye, no me has dicho como te llamas!
-Soy Sebastián- Dijo este con semblante serio.
-Encantada Sebastián- Lulú extendió su mano. La estrecharon. Es paradójico que dos personas que están a punto de intercambiar fluidos se aprieten la mano como si estuviesen firmando un tratado de paz. ¡Paz! Aquella noche no habría paz, era guerra lo que estaban firmando.
Lulú merodeó por el salón hasta llegar a los discos de vinilo.
-Eh, ¿Coleccionas discos de vinilo?
-Si, es una afición que tengo desde muy joven…
-Me encanta, ¡Me encanta la música! ¿Podrías poner alguno?
-Claro, elige el que quieras…
Lulú paseó la mirada, había demasiados… finalmente encontró justo el que quería.
Era uno de Jerry Lee Lewis, no se fijó en el nombre, pero lo que si vió es que Whole Lotta Shakin Going On era una de las canciones que podía oír.
-¡Quiero este!
-Buena elección Lulú- Contestó Sebastián. Se acercó a ella y le dio la copa. Después puso el disco. Clipo los miraba. Lulú se sentó a beber y miró la mesa llena de comida.
-¡Oh! ¿Todo esto lo has preparado tú?
Sebastián se sonrojó y asintió con la mirada- Es fin de año, algo especial habrá que hacer.
-Eres un encanto de hombre-Exclamó Lulú.
Sebastián pensó que aquella mujer era tan falsa como la nieve de su árbol de navidad. Pero al fin y al cabo ¿qué esperaba? Aquella situación estaba comprada, ella no estaba allí por él, lo estaba por un módico precio. Y hubiese preparado una cena o no, Lulú habría dicho igualmente que él era un tipo encantador.
Lázaro entró en el centro comercial. Su traje de Papá Noel cada vez parecía más naranja, incluso le dio la sensación de que era amarillo. Con paso tranquilo pasó frente al Mcdonalds y la tienda de cosméticos. Luego llegó a su sección “Perfumes”, allí no estaba Marisa, pero estaba el encargado, concretamente el capullo del encargado.
Lázaro rascó su espesa barba y suspiró. Aquel capullo ya lo había visto.
-¿Pero que broma es esta imbécil?
-¿A ti que te parece hijoputa?- Contestó Lázaro con los glóbulos rojos volando por su interior.
-¿Estás borracho?
-Es posible, estar borracho, no estarlo ¿Acaso importa?
-Eres un despojo humano Lázaro. Mírate, cada día que pasa vives menos, eres un muerto andante. Un zombi, ¿Qué sentido tiene una vida cuando la pasas vestido de Santa Claus y enganchado a una botella? Si al menos el traje fuera decente...- El encargado sonrió- ¿Para que has venido Lázaro? Tal vez quieras despedirte, porque te comunico que no hace falta que aparezcas por aquí el lunes. Ya se acaba la navidad y no nos hace falta un empleaducho como tú…
La gente compraba y compraba..., Lázaro estaba inmóvil, frente a su gacela.
-Pobre gacela…gacelita, te voy a comer- Pensaba su cerebro a punto de estallar.
Gacelita, gacelita, te voy a comer, te voy a zampar, te voy a devorar…
Lázaro vacilaba, tenía los ojos idos, casi en blanco. El encargado lo miraba perplejo.
Allí permanecían los dos quietos, sin que el mundo supiera que estaban allí.
Entonces Lázaro dijo...
-Gacelita…
Y el encargado respondió…
-¿Qué?
Y de Lázaro sonó un estruendo, un ruido que pareció hacer Bang.
Auhh-Gimió estúpidamente el gran jefazo. Luego se llevó la mano al estómago, brotaba sangre. ¡Ni siquiera parecía sangre!, era como un bote Ketchup reventado. Claro, aquel tipo no podía tener sangre en el cuerpo, aquel tío apestaba a Ketchup, era mierda artificial, era un subproducto sin corazón ni cerebro. Diseñado para mandar, diseñado para consumir.
Lázaro se asustó. Estaba pensando demasiadas estupideces, sería cosa de la bebida. Lo único que oía era gente gritando de un lado hacia otro. El encargado se desplomó.
-¡Suelta el arma!- Dijo una voz desde el más allá. ¿Sería Dios? Lázaro se giró para ver.
-¡Oh no!- Era un guardia de Seguridad gordinflón y aun más acabado que él. Sólo había que mirarle la cara para ver lo muy acojonado que estaba. Pobrecillo, apuntaba con la pistola temblándole las manos.
-¡Quieto o disparo!
-¿Quieto o disparo? ¡Que poca gracia coño! ¡Ese tío había visto muy pocas películas! ¿No sabía que a la hora de apuntar siempre hay que hacerlo con estilo? Ni siquiera tenía girada un poco el arma.
Lázaro volvió a sonreír y apuntó a aquel tipo. No quería dispararle, a él no, en el fondo era su hermano. Pero aquel hermano no lo amaba tanto, al menos eso demostró clavándole tres tiros en el hombro. Lázaro se desvaneció. La navidad había acabado.
Miró al techo, un globo con la cabeza del ratón Mickey volaba hacia arriba. El globo le devolvió la mirada desde arriba. Allí estaba él, era el protagonista, con su original y nunca visto traje naranja.
martes, 13 de enero de 2009
Sinfonía de navidad. Parte IV

Una sensación de cansancio envolvió a Lázaro. Después vino el desánimo y la fatiga.
Miró a mamá desolado ¡Pero que hija de puta era la señora Muerte! La más zorra de todas.
-Ay, Ay…-Aquello era lo único que se podía escuchar en la habitación. Era una mueca de dolor lo que se dibujaba en el rostro de mamá. Al principió Lázaro miró hacia su derecha, una chica joven, demasiado joven era la compañera de habitación. ¡Coño! ¿Pero que hacía allí aquella chica? ¿Qué hacía perdiendo el tiempo en una cama helada de hospital? Debería estar bailando, bebiendo y acostándose con sus amores de juventud. Mamá era vieja, el hospital estaba allí para ella.
-Ay, Ay…-Seguían los gritos destrozando la estabilidad del mundo. Lázaro no podía mirar a su madre, por eso observaba por la ventana. El tráfico, el cielo casi negro ya, tan negro como su vida.
Gritaba y gritaba, como un moribundo soldado en Vietnam. Por un momento pensó en taparse los oídos, pero le pareció una mala idea. Entonces el odio le dominó, miró a mamá y a la chica joven en la cama de al lado. Luego vino la sensación de calor y la desesperación ¡El mundo le debía algo!
-Supongo que esta noche será como la primera vez- Dijo Sebastián mirando a Clipo. Eran las ocho y media de la tarde. Quedaba poco, muy poco. La mesa estaba puesta, no faltaba absolutamente de nada. Incluso en el cuenco del perro había caviar esa noche.
-¿Qué pasa Clipo, no tienes hambre? Entiendo, prefieres esperar y cenar con nosotros ¿verdad? De acuerdo, veremos la tele mientras tanto, ¿te parece?
-¡Guau!- Contestó el perro.
-¿Por qué no?, seguro que ponen algo interesante.
-¡Guau, guau!
-¡Ah, que prefieres música! Te he captado Clipo, ¿y que disco quieres escuchar? Tengo uno de Leonard Cohen por ahí que no oímos desde hace mucho, mucho tiempo.- El perro se incorporó del sofá y miró a Sebastián con dureza. Claramente estaba cansado de la melancolía lacónica de Cohen.
-¡Está bien, está bien!- Contestó su dueño. Encenderemos la radio a ver que nos encontramos. Poco después sonaba una vieja canción de Nat King Cole…”Just you, Just me”
-¡Coño, que suerte!- Gritó Sebastián. Tanto él como Clipo adoraban la música de aquel mítico negro.- Oh compañero, si tuviésemos la misma suerte con las mujeres que con la música. Si tan sólo con apretar el botón sonara siempre la canción exacta que tanto nos entusiasma.
-¡Guau, guau, guau!- Y entonces llamaron a la puerta.
Lázaro corría por la calle como nunca su vieja barriga gorda y asquerosa se lo había permitido. La marabunta humana iba en su contra arrastrando regalos sobre los hombros. Desde la tienda de Loewe además de aire caliente salía una melodía que el viejo Santa Claus identificó como “Twist All Night” ¡Perfecto! Venía de un hospital dominado por la enfermedad y ahora se escuchaba una canción de Louis Prima. A veces la vida puede ser cruel y paradójica. Lázaro le plantó cara, si el mundo quería cínismo y ridiculez el sería el más cínico y cruel de todos.
Entró en casa, estaba sucia y desordenada ¿Le habían robado? ¡En absoluto! Todo estaba como lo había dejado, nada en su sitio, un completo caos. Buscó y buscó, debía estar por allí… ¡Pero un momento! ¿Qué estaba buscando? ¡Ah si, el traje viejo de Papa Noel! Lo tenía bajo la cama, tan sucio que en vez de rojo se había vuelto un naranja cálido desolador. Luego abrió el cajón y sacó lo que una vez se había prometido no volver a sacar. ¿La botella de ron? ¡No, no, aquella promesa no valía, sólo era metafórica! Esta vez iba en serio, agarró su 9mm Parabellum y se enfundó el traje naranja de Santa Claus, la barba blanca no la encontró. Le valdría la suya, negra y espesa como el vomito de un bebé. Luego salió a la calle, con la mano en el bolsillo caminó tranquilo. Andó y andó hasta llegar a los grandes almacenes donde trabajaba.
Allí iban a conocer al auténtico Lázaro, ese que había muerto pero que ahora, salido desde su tumba polvorienta volvía para vengarse. Entonces miró al frente y sonrió.
Clipo corrió hacia la puerta, sabía que era temprano. La invitada llegaba antes de tiempo. Con las orejas hacia atrás esperaba ansioso que Sebastián abriera. Lo cierto es que Sebastián se había quedado paralizado en el sillón. Sin mover un párpado.
Volvieron a llamar. Clipo ladró.
Miró a mamá desolado ¡Pero que hija de puta era la señora Muerte! La más zorra de todas.
-Ay, Ay…-Aquello era lo único que se podía escuchar en la habitación. Era una mueca de dolor lo que se dibujaba en el rostro de mamá. Al principió Lázaro miró hacia su derecha, una chica joven, demasiado joven era la compañera de habitación. ¡Coño! ¿Pero que hacía allí aquella chica? ¿Qué hacía perdiendo el tiempo en una cama helada de hospital? Debería estar bailando, bebiendo y acostándose con sus amores de juventud. Mamá era vieja, el hospital estaba allí para ella.
-Ay, Ay…-Seguían los gritos destrozando la estabilidad del mundo. Lázaro no podía mirar a su madre, por eso observaba por la ventana. El tráfico, el cielo casi negro ya, tan negro como su vida.
Gritaba y gritaba, como un moribundo soldado en Vietnam. Por un momento pensó en taparse los oídos, pero le pareció una mala idea. Entonces el odio le dominó, miró a mamá y a la chica joven en la cama de al lado. Luego vino la sensación de calor y la desesperación ¡El mundo le debía algo!
-Supongo que esta noche será como la primera vez- Dijo Sebastián mirando a Clipo. Eran las ocho y media de la tarde. Quedaba poco, muy poco. La mesa estaba puesta, no faltaba absolutamente de nada. Incluso en el cuenco del perro había caviar esa noche.
-¿Qué pasa Clipo, no tienes hambre? Entiendo, prefieres esperar y cenar con nosotros ¿verdad? De acuerdo, veremos la tele mientras tanto, ¿te parece?
-¡Guau!- Contestó el perro.
-¿Por qué no?, seguro que ponen algo interesante.
-¡Guau, guau!
-¡Ah, que prefieres música! Te he captado Clipo, ¿y que disco quieres escuchar? Tengo uno de Leonard Cohen por ahí que no oímos desde hace mucho, mucho tiempo.- El perro se incorporó del sofá y miró a Sebastián con dureza. Claramente estaba cansado de la melancolía lacónica de Cohen.
-¡Está bien, está bien!- Contestó su dueño. Encenderemos la radio a ver que nos encontramos. Poco después sonaba una vieja canción de Nat King Cole…”Just you, Just me”
-¡Coño, que suerte!- Gritó Sebastián. Tanto él como Clipo adoraban la música de aquel mítico negro.- Oh compañero, si tuviésemos la misma suerte con las mujeres que con la música. Si tan sólo con apretar el botón sonara siempre la canción exacta que tanto nos entusiasma.
-¡Guau, guau, guau!- Y entonces llamaron a la puerta.
Lázaro corría por la calle como nunca su vieja barriga gorda y asquerosa se lo había permitido. La marabunta humana iba en su contra arrastrando regalos sobre los hombros. Desde la tienda de Loewe además de aire caliente salía una melodía que el viejo Santa Claus identificó como “Twist All Night” ¡Perfecto! Venía de un hospital dominado por la enfermedad y ahora se escuchaba una canción de Louis Prima. A veces la vida puede ser cruel y paradójica. Lázaro le plantó cara, si el mundo quería cínismo y ridiculez el sería el más cínico y cruel de todos.
Entró en casa, estaba sucia y desordenada ¿Le habían robado? ¡En absoluto! Todo estaba como lo había dejado, nada en su sitio, un completo caos. Buscó y buscó, debía estar por allí… ¡Pero un momento! ¿Qué estaba buscando? ¡Ah si, el traje viejo de Papa Noel! Lo tenía bajo la cama, tan sucio que en vez de rojo se había vuelto un naranja cálido desolador. Luego abrió el cajón y sacó lo que una vez se había prometido no volver a sacar. ¿La botella de ron? ¡No, no, aquella promesa no valía, sólo era metafórica! Esta vez iba en serio, agarró su 9mm Parabellum y se enfundó el traje naranja de Santa Claus, la barba blanca no la encontró. Le valdría la suya, negra y espesa como el vomito de un bebé. Luego salió a la calle, con la mano en el bolsillo caminó tranquilo. Andó y andó hasta llegar a los grandes almacenes donde trabajaba.
Allí iban a conocer al auténtico Lázaro, ese que había muerto pero que ahora, salido desde su tumba polvorienta volvía para vengarse. Entonces miró al frente y sonrió.
Clipo corrió hacia la puerta, sabía que era temprano. La invitada llegaba antes de tiempo. Con las orejas hacia atrás esperaba ansioso que Sebastián abriera. Lo cierto es que Sebastián se había quedado paralizado en el sillón. Sin mover un párpado.
Volvieron a llamar. Clipo ladró.
miércoles, 7 de enero de 2009
Sinfonía de navidad. Parte III

Clipo subió al sofá de un salto, tenía preparada siempre una manta para que no llenase de pelos el cojín. Sin duda era un perro bien educado, con sus defectos, pero al fin y al cabo era un buen animal. Sebastián también lo era, quiero decir que, era buena persona. Había hecho cosas a lo largo de su vida que no habían estado bien, pero ¿y quién no?
¿Acaso eres tú un ser libre de culpa? Aquella pregunta no podía desaparecer de su cabeza, sobre todo cuando caminaba por la calle paseando y miraba al resto de la humanidad con su caminar cansado.
En la calle podías encontrar la diversidad del rostro, la diversidad del mundo. Sebastián siempre intentaba profundizar en la existencia de los demás ¿Serían todos aquellos con los que se cruzaba iguales que él? ¿Tendrían los mismos tormentos, los mismos miedos? ¿Sufrirían de soledad , comprenderían su sentimiento de culpa ante la vida? Luego pensó que no, que él era una persona única e irrepetible. Quizás los demás sintieran algo de miedo, pero seguro que no de la misma forma.
Sin torcer la cabeza desplazó el ojo hacia el periódico, leyó el título que decía "Señoritas de compañía", y el estómago le tembló, estaba nervioso si, pero ya era demasiado tarde. A las nueve en punto una mujer desconocida llamaría a su puerta para acompañarle durante la última noche del año.
-¡Que puta mierda!- Dijo un borracho al otro. Lázaro los miró y sintió lástima. Se les iba, se les iba…
-¡Se os va….!- Gritó Lázaro desde un extremo de la barra. El barman lo miró con el rostro tranquilo.- ¡Se os va…! ¡Se os va…!- Exclamó de nuevo el Santa Claus maldito.
-¿Y qué se nos va buen hombre?- Preguntó el camarero.
-Se os va la vida y no os dais ni cuenta- Después eructó fuertemente y se resbaló en el suelo.- ¡Camarero…!- Gritó desde las profundidades, estaba completamente borracho. Luego se acordó de mamá. Todo el mundo lo miraba, todos aquellos a los que se les iba la vida…en un soplo, en un abrir y cerrar de ojos, como un pedo vaginal que se escapa por el aire, aquello era exactamente lo que representaba la vida para alguien como Lázaro.- ¡Mamá!- Pensaba en ella mucho, por ella y porque a esas alturas no se lo podía permitir agarró el taburete e intentó levantarse del suelo. Al principio dolía, pero al final consiguió ponerse en pie. Dejó unas monedas sueltas encima de la barra y salió del local. Aun era temprano, no más de las siete y media. La calle estaba fría-¡Coño que frío!- Pensó involuntariamente, después aceleró el paso. Llegaría al hospital, no quedaba muy lejos de allí, mamá se alegraría de verle.
Un árbol de navidad decoraba la plaza central, demasiada gente de aquí hacia allá.
Después entró en la recepción, ya no había celador, el régimen de visitas estaba permitido las veinticuatro horas del día. Odiaba aquel lugar, olía a muerte.
Pasó por delante de la capilla y siguió hasta el ascensor. Luego subió hasta la quinta planta. No entendía el por que, pero cada vez que pisaba el hospital se encontraba con gente despreciable, lo más bajo de la escala social, gente sucia, pobre y con mal gusto.
Lázaro se reflejó en un cristal al salir, se miró un instante antes de buscar la habitación de mamá.
Por el pasillo se cruzó con varias enfermeras muy jóvenes. Vestidas de azul una llevaba el pelo corto y moreno, la otra una cola recogida con melena lisa y rubia. Un par de bombones si, una pena que no vistiesen como en las películas con falda blanca y el típico gorrito con la cruz roja pintada en el centro.
Ya había estado allí varias veces pero siempre olvidaba el pasillo de la habitación.
-Perdonen señoritas, ¿La habitación 312?
-Justo el tercer pasillo a la derecha- Contestó amablemente la enfermera rubia. En cuanto se dieron la vuelta Lázaro hizo todo lo posible por no girarse, por no torcer su áspero cuello y plantar los ojos en sus redondos culos. Pero Lázaro no controlaba, nunca en su vida había llevado el control, siempre una marioneta de las mujeres, siempre una marioneta de mamá ¡Que demonios, siempre una marioneta del mundo!
Mamá no estaba bien. Había envejecido demasiado rápido. Apenas le quedaba pelo en la cabeza y una estúpida bata blanca cubría su demacrado cuerpo. Ni siquiera podía respirar por si sola. Un diminuto árbol de navidad, de plástico barato la acompañaba encima de la mesa. Sus piernas llenas de moratones indicaban la cantidad de picotazos que habían sufrido en los últimos días. Las agujas habían sido sus únicas amigas en la vejez.
-¿Qué tal mamá?- Dijo Lázaro, pero mamá apenas contestó. Los ojos se esforzaban por abrir, pero ya incluso aquello le costaba una eternidad.- ¡Mamá…!-Volvió a exclamar con un susurro. Entonces una especie de gemido salió volando hacia el techo.
Aún estaba allí, con él, como cuando lo acompañaba por las mañanas en el desayuno antes de ir al colegio.
¿Acaso eres tú un ser libre de culpa? Aquella pregunta no podía desaparecer de su cabeza, sobre todo cuando caminaba por la calle paseando y miraba al resto de la humanidad con su caminar cansado.
En la calle podías encontrar la diversidad del rostro, la diversidad del mundo. Sebastián siempre intentaba profundizar en la existencia de los demás ¿Serían todos aquellos con los que se cruzaba iguales que él? ¿Tendrían los mismos tormentos, los mismos miedos? ¿Sufrirían de soledad , comprenderían su sentimiento de culpa ante la vida? Luego pensó que no, que él era una persona única e irrepetible. Quizás los demás sintieran algo de miedo, pero seguro que no de la misma forma.
Sin torcer la cabeza desplazó el ojo hacia el periódico, leyó el título que decía "Señoritas de compañía", y el estómago le tembló, estaba nervioso si, pero ya era demasiado tarde. A las nueve en punto una mujer desconocida llamaría a su puerta para acompañarle durante la última noche del año.
-¡Que puta mierda!- Dijo un borracho al otro. Lázaro los miró y sintió lástima. Se les iba, se les iba…
-¡Se os va….!- Gritó Lázaro desde un extremo de la barra. El barman lo miró con el rostro tranquilo.- ¡Se os va…! ¡Se os va…!- Exclamó de nuevo el Santa Claus maldito.
-¿Y qué se nos va buen hombre?- Preguntó el camarero.
-Se os va la vida y no os dais ni cuenta- Después eructó fuertemente y se resbaló en el suelo.- ¡Camarero…!- Gritó desde las profundidades, estaba completamente borracho. Luego se acordó de mamá. Todo el mundo lo miraba, todos aquellos a los que se les iba la vida…en un soplo, en un abrir y cerrar de ojos, como un pedo vaginal que se escapa por el aire, aquello era exactamente lo que representaba la vida para alguien como Lázaro.- ¡Mamá!- Pensaba en ella mucho, por ella y porque a esas alturas no se lo podía permitir agarró el taburete e intentó levantarse del suelo. Al principio dolía, pero al final consiguió ponerse en pie. Dejó unas monedas sueltas encima de la barra y salió del local. Aun era temprano, no más de las siete y media. La calle estaba fría-¡Coño que frío!- Pensó involuntariamente, después aceleró el paso. Llegaría al hospital, no quedaba muy lejos de allí, mamá se alegraría de verle.
Un árbol de navidad decoraba la plaza central, demasiada gente de aquí hacia allá.
Después entró en la recepción, ya no había celador, el régimen de visitas estaba permitido las veinticuatro horas del día. Odiaba aquel lugar, olía a muerte.
Pasó por delante de la capilla y siguió hasta el ascensor. Luego subió hasta la quinta planta. No entendía el por que, pero cada vez que pisaba el hospital se encontraba con gente despreciable, lo más bajo de la escala social, gente sucia, pobre y con mal gusto.
Lázaro se reflejó en un cristal al salir, se miró un instante antes de buscar la habitación de mamá.
Por el pasillo se cruzó con varias enfermeras muy jóvenes. Vestidas de azul una llevaba el pelo corto y moreno, la otra una cola recogida con melena lisa y rubia. Un par de bombones si, una pena que no vistiesen como en las películas con falda blanca y el típico gorrito con la cruz roja pintada en el centro.
Ya había estado allí varias veces pero siempre olvidaba el pasillo de la habitación.
-Perdonen señoritas, ¿La habitación 312?
-Justo el tercer pasillo a la derecha- Contestó amablemente la enfermera rubia. En cuanto se dieron la vuelta Lázaro hizo todo lo posible por no girarse, por no torcer su áspero cuello y plantar los ojos en sus redondos culos. Pero Lázaro no controlaba, nunca en su vida había llevado el control, siempre una marioneta de las mujeres, siempre una marioneta de mamá ¡Que demonios, siempre una marioneta del mundo!
Mamá no estaba bien. Había envejecido demasiado rápido. Apenas le quedaba pelo en la cabeza y una estúpida bata blanca cubría su demacrado cuerpo. Ni siquiera podía respirar por si sola. Un diminuto árbol de navidad, de plástico barato la acompañaba encima de la mesa. Sus piernas llenas de moratones indicaban la cantidad de picotazos que habían sufrido en los últimos días. Las agujas habían sido sus únicas amigas en la vejez.
-¿Qué tal mamá?- Dijo Lázaro, pero mamá apenas contestó. Los ojos se esforzaban por abrir, pero ya incluso aquello le costaba una eternidad.- ¡Mamá…!-Volvió a exclamar con un susurro. Entonces una especie de gemido salió volando hacia el techo.
Aún estaba allí, con él, como cuando lo acompañaba por las mañanas en el desayuno antes de ir al colegio.
viernes, 2 de enero de 2009
Sinfonía de navidad. Parte II
¡Que ilusión! Al fin, había pasado un año y allí seguía ella. Llena de esperanzas y llena de vida. Adoraba la navidad, desde niña, aun recordaba el olor a castañas y los coros de la calle San Luís cantando villancicos. Después miró el árbol que había comprado, la verdad es que era horrible, pero a ella le gustaba. Tenía un apartamento pequeño, aunque era confortable y además estaba en el centro de la ciudad ¿Qué más podía pedir?
Luego puso la radio, una estúpida canción sonaba, alegre y risueña, casi ilusa, así sonaba aquel disco y así era Lulú.
Mama, I am a big girl now!, eso parecía repetir el estribillo constantemente, no dominaba el inglés pero ¡por el amor de Dios! No era una palurda. Es cierto que podría haber estudiado una carrera si lo hubiese querido pero nunca le gustó demasiado sentarse en una mesa a leer y releer. Ella era una chica práctica, una mujer de la vida, no perdía el tiempo con nada ni nadie, el valor principal en su mundo era la independencia, y exactamente aquello fue lo que hizo en cuanto cumplió la mayoría de edad ¡Volar! Habían pasado más de veinte años pero Lulú no estaba triste, tal vez se arrepentía de muchas cosas, odiaba a la gente que siempre decía no arrepentirse de nada en la vida, como si ellos no cometiesen errores, como si aquellos errores se olvidaran con el tiempo ¡Idiotas!
Lulú se duchó, estuvo largo tiempo lavándose el cabello, luego lo secó con cuidado y preparó algo de almorzar. Mientras tomaba el postre se tumbó en el sofá a mirar la televisión, no le gustaba la programación, realmente tampoco tenía paciencia para aguantar una película hasta el final, ni siquiera los programas del corazón la entretenían.
No disfrutaba con los chismes ajenos, se aburría, se aburría mucho. Después pensó que sería buena idea salir a dar un paseo, seguro que el ambiente era agradable, iría sola, como siempre. Eso la entristecía, pero luego pensó que era una mujer afortunada. Buscó las llaves y abrió la puerta, en aquel preciso instante sonó el teléfono, después descolgó, tal vez fuese trabajo.
Sebastián volvió a mirar a Clipo a los ojos.
-¿Qué ocurre? ¡Vale si, de acuerdo! No puedo soportarlo más, lo necesito, se amigo que aun nos tenemos el uno al otro pero estarás conmigo en que no es suficiente, Clipo se perfectamente que me entiendes, te he visto girar nervioso cada vez que esa dálmata se acercaba a ti. Si, si, la dueña también es muy guapa, deberíamos formar equipo y saludarlas ¿verdad?- Sebastián dejó de hablar de repente, su mirada había chocado contra el espejo y se había visto reflejado, allí estaba él, hablando con un perro que seguramente no entendía ni una sola palabra de lo que le estaba diciendo.
Luego la televisión gritó, Sebastián cogió el mando y la apagó bruscamente. Rozó el pelo del perro suavemente y se levantó, pensó en la cena que prepararía para su invitada.
Luego puso la radio, una estúpida canción sonaba, alegre y risueña, casi ilusa, así sonaba aquel disco y así era Lulú.
Mama, I am a big girl now!, eso parecía repetir el estribillo constantemente, no dominaba el inglés pero ¡por el amor de Dios! No era una palurda. Es cierto que podría haber estudiado una carrera si lo hubiese querido pero nunca le gustó demasiado sentarse en una mesa a leer y releer. Ella era una chica práctica, una mujer de la vida, no perdía el tiempo con nada ni nadie, el valor principal en su mundo era la independencia, y exactamente aquello fue lo que hizo en cuanto cumplió la mayoría de edad ¡Volar! Habían pasado más de veinte años pero Lulú no estaba triste, tal vez se arrepentía de muchas cosas, odiaba a la gente que siempre decía no arrepentirse de nada en la vida, como si ellos no cometiesen errores, como si aquellos errores se olvidaran con el tiempo ¡Idiotas!
Lulú se duchó, estuvo largo tiempo lavándose el cabello, luego lo secó con cuidado y preparó algo de almorzar. Mientras tomaba el postre se tumbó en el sofá a mirar la televisión, no le gustaba la programación, realmente tampoco tenía paciencia para aguantar una película hasta el final, ni siquiera los programas del corazón la entretenían.
No disfrutaba con los chismes ajenos, se aburría, se aburría mucho. Después pensó que sería buena idea salir a dar un paseo, seguro que el ambiente era agradable, iría sola, como siempre. Eso la entristecía, pero luego pensó que era una mujer afortunada. Buscó las llaves y abrió la puerta, en aquel preciso instante sonó el teléfono, después descolgó, tal vez fuese trabajo.
Sebastián volvió a mirar a Clipo a los ojos.
-¿Qué ocurre? ¡Vale si, de acuerdo! No puedo soportarlo más, lo necesito, se amigo que aun nos tenemos el uno al otro pero estarás conmigo en que no es suficiente, Clipo se perfectamente que me entiendes, te he visto girar nervioso cada vez que esa dálmata se acercaba a ti. Si, si, la dueña también es muy guapa, deberíamos formar equipo y saludarlas ¿verdad?- Sebastián dejó de hablar de repente, su mirada había chocado contra el espejo y se había visto reflejado, allí estaba él, hablando con un perro que seguramente no entendía ni una sola palabra de lo que le estaba diciendo.
Luego la televisión gritó, Sebastián cogió el mando y la apagó bruscamente. Rozó el pelo del perro suavemente y se levantó, pensó en la cena que prepararía para su invitada.
martes, 30 de diciembre de 2008
Sinfonía de navidad

Si algo sabía él es que no se puede luchar contra el deseo. Por eso aquella noche se dejó llevar, sin importarle en absoluto las reglas, sin importarle lo que él mismo pudiese pensar de su reputación.
Buscó la correa en el perchero y silbó como de costumbre. Clipo apareció a sus pies con aquella larga lengua, el pelo lo tenía limpio y suave, ¡Era un perro enorme por el amor de Dios! Sebastián sabía que un animal de aquellas dimensiones no era habitual en un estudio tan pequeño, lo cierto es que Sebastián no tenía una vida habitual.
Clipo comenzó a girar sobre sí mismo, -Tranquilo chico, tranquilo…- poco después ya caminaban por el parque, todo era blanco y frío. Sebastián no recordaba un invierno tan crudo desde hacia años. Los chicos lanzaban bolas de nieve a la altura del estanque, Clipo ladraba. Luego pasaron por el quiosco de prensa. Sebastián compró el periódico y algo de tabaco. El año se acaba en un abrir y cerrar de ojos, aquel era el titular que abría la prensa el treinta y uno de diciembre. Sebastián pensó que era estúpido, pero irónicamente tenia razón, no sólo el año, su vida pasaba a una velocidad de vértigo y aún no era consciente del todo.
-¡Clipo, vámonos!- Gritó enfadado, pero… ¿Enfadado con quién, con qué? Que iba a saber él, Sebastián se sintió irritado, de repente odió más que nunca las celebraciones de fin de año, los estúpidos programas de fiesta y las uvas enlatadas sin hueso. ¡Pues se acabó! Después subieron a casa, Sebastián estaba molesto si, pero no tenía miedo, tenía todo el derecho del mundo a estarlo. Se sentó y abrió el periódico sobre la mesa, pasaba las páginas nervioso, tras un largo rato llegó a los artículos finales, sección de contactos. No estaba seguro, al principio miró en la parte superior, mujeres solas como él buscaban amistad. Aquello no le daba buena impresión, además Sebastián nunca sería amigo de una mujer, era un precio demasiado caro y jamás se lo podría permitir.
Luego pensó que tal vez lo que él necesitaba era otro tipo de amistad, alguna que fuera falsamente encantadora. Además, seguro que aquellas mujeres solitarias en el fondo no eran más que hombres de espaldas anchas buscando sensaciones nuevas. Sebastián era delgado y feo, no podría enfrentarse a una situación tan incómoda como aquella.
Después miró en la esquina inferior de la hoja, “Señoritas”, aquella palabra estaba sobreimpresionada en letras mayúsculas y en color rojo chillón. Sebastián miró a Clipo, Clipo miró a Sebastián, como si ambos se conocieran en profundidad, escrutándose con la mirada Clipo parecía dar carta blanca a la situación que estaba por llegar, como si estuviese permitiendo a su dueño largarse de casa y pasarlo bien por una vez.
Pero Sebastián no estaba loco, no dejaría a aquel perro, no lo abandonaría y mucho menos en fin de año, era su única familia, su amigo y protector. Después buscó un rotulador rojo y volvió a la página del periódico, con un círculo dejó marcado un número de teléfono, lo cerró y se dispuso a preparar el almuerzo.
¡Maldita barba blanca! Le picaba toda la cara y hasta las cuatro no acababa su turno.
Además la entrepierna lo estaba matando, le apretaba y todo el rato tenía que estar tirándose del calzón, lo cierto es que la imagen de Papá Noel rascándose los cojones molestó al encargado.
-¿Lázaro puedes acercarte un momento?- Dijo este escondido en el mostrador de perfumería. Lázaro ya sabía de qué iba aquello, ahora le endosaría el sermón típico para después lanzarle la última advertencia.- Lázaro, escúchame unos segundos, porque te lo voy a decir una y última vez .Deja de hacer gestos obscenos que perturben el espíritu navideño… en el centro comercial no queremos un Papá Noel borracho y miserable, aquí lo que nos interesa es el amor que podamos transmitir a los crios ¿Me entiendes Lázaro?¿ Qué ocurre si los niños se asustan porque el Papa Noel que nosotros les ofrecemos es más grotesco que amable? Pues yo te lo diré Lázaro, ocurre que los crios no quieren venir y por lo tanto los padres tampoco ¿Y qué pasa si los padres no vienen? Pues que los padres no compran, es así de sencillo compañero ¡Así que deja de una puta vez de rascarte las pelotas y dale a la campanita para que los niños quieran venir como locos a comprar al centro comercial!- Lázaro miró al encargado humillado, habría deseado reventarle la cabeza de un pisotón, pero por un momento intentó hacer desaparecer aquella macabra idea de su mente. La barba le seguía picando.
-¡Ah y otra cosa Lázaro!, que sea la última vez que te veo tonteando con Marisa mientras estás trabajando.- Aquello era cierto sí, no podía negar que mientras repartía caramelos había estado tirándole los tejos a Marisa, la chica del mostrador de perfumes Dior, pero por el amor de Dios, aquella chica…deberían haberla visto, culito respingón, melena rubia, ojos azules, tan típica que aburría, pero tan morbosa que había sacado del celibato al mismísimo Santa Claus -¡Y ponte derecha la barba joder!- Dijo el encargado abandonando la sección de perfumería. Lázaro se acababa de convertir en un Papá Noel aplastado.
En cuanto acabó su turno salió del centro comercial no sin antes dedicarle unas insinuantes palabras a Marisa, por si anteriormente no se ha recalcado Lázaro rozaba los cincuenta, Marisa apenas era una niña a punto de cumplir los dieciocho. Intentó invitarla a tomar algo, pero ésta tenía prisa aquella noche, tal vez otro día. ¡Claro, era la noche de fin de año! Una chica como ella tendría cosas que hacer, no iba a perder el tiempo con un tipo que en la cima de su vida aun seguía trabajando vestido de Papa Noel.
Lázaro salió al exterior, las calles estaban iluminadas, la decoración navideña quemaba sus párpados. Buscó en el bolsillo y encendió un cigarro. Después paró un taxi y subió.
-A la calle de los descubrimientos- Dijo Lázaro rascándose la nuca.
-Está prohibido fumar caballero- Contestó el taxista con el rostro decrépito.
Lázaro lo apagó en el cenicero de la puerta derecha y miró por la ventana. Una extraña niebla la había tomado con la ciudad. El taxímetro volaba.
-Perdone que vaya tan despacio, con esta puta niebla no veo nada.- Exclamó el taxista.
Lázaro asintió sin decir palabra. Después pagó la carrera y entró en el bar de todas las noches. Allí, se encontraban los mismos tipos de siempre. Ni siquiera en fin de año habían cambiado su rutina. ¡Maldita sea!
-Un Hot Russian camarero- Gritó Lázaro aparentemente sofocado. Después se sentó en la barra y allí permaneció hasta bien entrada la noche.
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